Rumanía

BUCAREST, La capital de Rumanía

En algunas ocasiones os habréis fijado en que los relatos de mis viajes, aunque estén diferenciados por ciudades, no siempre comienzan en el momento en el que pongo el pie en el nuevo lugar, sino en la experiencia vivida en el medio de transporte que me llevó hasta él. Mi viaje a Bucarest comenzó en el tren que tomé en Brasov para llegar a la capital rumana. Si estáis pensando viajar por este país, os puede ser de utilidad el sitio web de la empresa ferroviaria rumana: CFR (Rumana) / Horarios en inglés.

Estaba mirando pasar el paisaje junto a uno de mis compañeros de viaje. Sentados en el suelo en ese rellano que hay entre los vagones, en donde se ignoraba la ley de comportamiento de los pasajeros. Aquí la gente fumaba, se terminaba sus botellas de vodka o hablaba con un volumen de voz que de estar dentro de un vagón, más de uno recibiría una zapatilla a la cabeza. Pero aquel día había tranquilidad porque estábamos solos. Con las piernas fuera, apoyadas en la escalerilla –incluso les daba el sol-, disfrutábamos del viento que conseguía entrar por la puerta.
Entonces apareció El personaje. Un hombre de edad incalculable por lo mal que le había tratado el tiempo; arrugas prematuras y unas encías notablemente enfermas. Chapurreaba el español y comenzó a contarnos cosas sobre nuestro futuro. Cogió mi mano y comenzó “a leer”:


—En el plazo de dos años vas a tener un accidente de coche y te fastidiarás la mano. Uno de los pasajeros del coche morirá pero no te preocupes, que tu mano se va a curar.
—Tenéis que jugar a este número: 7 5 4 4 3 5…. (Me vais a matar pero olvidamos el número).
—Vas a vivir muchiiiiiiiisimo tiempo, 70 años. Y tú (a mi amigo) vas a vivir muuuuuuuucho tiempo, 67 años. Muchas gracias, es más tiempo del que me esperaba —contestó—.

De vez en cuando intercalaba una frase que repetiríamos durante el resto del viaje “Yo serioso, yo serioso”.
Le intentamos invitar a una cerveza pero no se dejó, dijo que no podía cobrar por eso.
Después intentó convencer a mi amigo de que teníamos que estar juntos, de que yo era una buena chica, que era muy guapa, que sí, que sí… Al cabo de un rato me dio tanta vergüenza la situación que fui a sentarme dentro del vagón con el resto de mis compañeros de viaje.

Pero aquí no acaba todo; le pedí un café a uno de los vendedores de comida. Me lo entregó, pero se quedó con las vueltas. Salí detrás de él para reclamar pero el hombre se hacía el sueco. Al cabo de un rato, agotado por mi insistencia y enfadado por la imposibilidad de timarme, me devolvió el dinero. Eso sí, acompañado de un gesto de desprecio; tomó el billete, se lo pasó por el ojo y me lo devolvió con fuerza mientras hacía como que escupía.

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Llegamos a Bucarest y salimos de la estación de ferrocarril en busca de los autobuses de línea para ir a nuestro hotel. Confieso que la primera impresión de la ciudad no fue buena. Los edificios a nuestro alrededor estaban destrozados, había marañas de cables como las que veía en la India, muchos mendigos y perros sueltos. Y además, un tráfico caótico. Un alemán nos contó que salió de la estación de Bucarest, observó el percal, y volvió a meterse para huir a otra ciudad. En parte lo comprendíamos, pero  íbamos a darle otra oportunidad a esta ciudad; pues muchas veces lo que rodea a una estación de tren no representa de ningún modo el lugar.
Finalmente tomamos un bus que nos dejó en una calle destartalada (más que otras). Mientras caminábamos nos mojaban los aparatos de aire acondicionado de los edificios y los perros nos miraban con ojos golosos. Llegamos al YMCA Hostel (8-9€), en el que habíamos reservado una habitación que compartiríamos con un ciclista americano que viajaba con una tostadora.
Al dueño del hostal le pareció necesario comentarnos dos cosas antes que nada:
—Si alguien os pide el pasaporte alegando que son de la policía turística, no les hagáis caso, no lo son.
—Cuando veáis perros, iros por otra calle, son peligrosos.

Los perros callejeros son una peligrosa plaga en Bucarest, son casi 200 000 individuos sobreviviendo en las calles. Dicen que hay más canes que personas y en el año 2006 mataron a un hombre de negocios japonés. Los aledaños de nuestro hostal estaba regentado por perros. Cada vez que pasábamos cerca, éstos nos ladraban con todas sus fuerzas; y cuando alguno se nos acercaba demasiado, admito que me daba miedo (sobre todo por la noche).
Aún así Bucarest es una de las capitales europeas más seguras: puede presumir de tener uno de los índices de criminalidad más bajos ganando en seguridad a Berlín, Londres o Roma.

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Vayamos a dar una vuelta.

—Comenzamos caminando hasta la Plaza Unirii en el centro de la ciudad, está rodeada de edificios de cemento de la época comunista y contiene en su mitad numerosas fuentes de agua.

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—Cerca de los bloques comunistas hay una serie de edificios religiosos que sobrevivieron milagrosamente a la demolición de 1980. La Catedral Patriarcal es el centro de la fe ortodoxa rumana. No obstante, se está construyendo la Catedral de la Redención de la Nación Rumana, mucho más grande y dedicada a San Andrés Apóstol. Por ello la Catedral Patriarcal de Bucarest perdería el título de “Catedral Patriarcal”.

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— Caminando por la avenida Unirii llegamos al Parlamento de Rumanía: la creación más famosa de Ceauşescu (también llamado Palatul Parlamentului, que significa Casa del Pueblo). Es el segundo edificio más grande del mundo, por detrás del Pentágono en Estados Unidos. También es el tercero en cuanto a volumen. Se comenzó a construir en el año 1984, mide 85 metros de altura y tiene una superficie de 330.000 metros cuadrados. Fue construido para albergar el Comité central, la oficina presidencial y los ministerios. Hoy en día alberga la Cámara de Diputados, el Tribunal Constitucional y un centro internacional de conferencias. Esta exageración comunista protagoniza unos datos a cada cual más alucinante:

-Tiene doce plantas y consta de 3100 habitaciones amuebladas. Dos de sus galerías tienen más de 60 son 150m de largo y 18m de ancho. Cuarenta de sus 64 salones tienen 600 metros cuadrados. Pero el más grande, el Salón de la Unión mide 3000 metros cuadrados.

-Ha costado unos 3300 millones de dólares.
-A veinte metros por debajo del palacio hay un búnker.

-Para su construcción derribaron varios barrios de la parte alta de la ciudad con un total de doce iglesias, dos sinagogas, tres monasterios y más de 7.000 casas.

-Más de 700 arquitectos han trabajado en él, y unas 20 000 personas trabajaron en su construcción 24 horas al día durante 5 años.

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—A continuación tomamos el metro y aparecimos en la plaza de la Victoria. Desde ahí caminamos por la avenida Aviaatorul en el que se celebraba un mercadillo en el que se podía encontrar  todo tipo de cosas, hasta alcanzar el Arco del Triunfo, que imita al de París (pero más pequeño).

Bucarest

—Terminamos el recorrido en el parque Herastrau, en el que hay un lago, carriles bici, chiringuitos de comida y una calle dedicada a Michael Jackson (Aleea Michael Jackson).

Poco a poco, a la mayoría se nos fue quitando la primera impresión que tuvimos el primer día al salir de la estación de trenes. Podéis ver aquí el recorrido que hicimos:

Ver mapa más grande

Esa noche salimos de fiesta por los bares que hay cerca de la Piata Unirii, en la Strada Gabroveni , Strada Lipscani y Strada Selari. Comenzamos en un bar enorme de música rock con un patio interior y terminamos bailando en el Fire. Merece la pena catar la fiesta de Bucarest: hay bares con una gran variedad de estilos, gente con ganas de pasarlo bien y unos precios que no se pueden encontrar en muchos países de la Unión Europea.
Con Bucarest terminamos nuestro viaje a Rumanía que había comenzado en Iasi, seguido por Sighisoara, Brasov y sus alerededores.
El adivino serioso del tren no tenía un pelo de tonto; me puedo creer o no que leía mi mano o que sabía lo que me iba a pasar. Lo único que sé es que ha demostrado tener mucha intuición.

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