Bulgaria

VELIKO TARNOVO, Bulgaria

Con Bucarest llegamos al último tramo de Rumanía y nos adentramos en el siguiente país dentro de nuestro recorrido: Bulgaria. Esto significaba volver al alfabeto cirílico que tantos días habíamos utilizado en Ucrania, solo que esta vez no habría que esforzarse tanto para entenderse con la gente, en Veliko Tarnovo la mayoría de los jóvenes aprende inglés. Más aún cuando se trata de una ciudad universitaria: uno de cada seis habitantes es estudiante. Nosotros además nos encontramos una chica que hablaba español, se trataba de la recepcionista de nuestro hostal (Hostel Mostel, 7,5€ la noche y 1€ adicional si solicitas que te recojan en la estación), una joven que con haber pasado unos meses en Argentina y unas semanas en España, le había sido suficiente para aprender el idioma. Siempre he pensado que la gente de esta zona (Rumanía, Moldavia, Bulgaria…) tenían especial habilidad para aprender idiomas.

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Una vez en la habitación del hotel, como la compartíamos con más personas, un estadounidense me preguntó extrañado que por qué viajábamos un grupo, que si lo habitual no era viajar solo por Europa como él bien estaba haciendo. Entonces me acordé de un capítulo de Friends, aquella serie de TV que se desarrollaba en Nueva York, en el que varios de sus personajes tenían una historia de juventud, que aunque falsa, utilizaban para ligar. Comenzaba siempre con “Te voy a contar lo que me ocurrió un verano en el que viajé de mochilero por Europa…”. El aire romántico del viajero solitario volvía irresistible a su narrador.
En fin, no creo que haya una manera más normal que otra de viajar por Europa, pero en el hostal había otro norteamericano que también viajaba solo. Yo creo que ambas maneras de viajar son igual de válidas, de hecho también he viajado sola (con Ganesh), pero nunca se me ocurrió preguntarle a los demás que por qué no lo hacían.

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Muy cerca teníamos la fortaleza amurallada de Tsarevets (unos 2€ la entrada). Esta gran construcción se asienta en una colina que ha sido compartida a lo largo de los siglos por tracianos, romanos y bizantinos y fue construido en gran parte entre los siglos XII y XV. Desde la puerta principal si se camina hacia la izquierda se puede ver la roca de la ejecución, desde la cual se empujaba a las almas condenadas. Al sur, una bandera búlgara gigante ondea desde las ruinas del Palacio Real. En lo alto está la iglesia patriarcal, cuyo interior está decorado con unos murales modernistas que no te esperas antes de entrar. Terminamos nuestra visita subiendo a la Torre Baldwin, desde la que se tienen unas vistas espectaculares de Veliko Tarnovo y sus casas colgantes.

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Ya que se trata de un lugar turístico, no podían faltar los tenderetes con souvenires típicos como matrioshkas y productos fabricados a base de rosas. Yo me compré una crema para las manos que recordaba a estas flores.
Comimos en el restaurante Shtastliveca situado en la calle Nezavisimost. Curiosamente, nos trajeron los siete platos que habíamos pedido por barba y demostraron una habilidad asombrosa distribuyéndolos. A ninguno nos habían puesto lo que habíamos pedido, pero no nos dimos cuenta hasta que ya estábamos terminando. De todos modos estaba todo muy bueno. Como curiosidad, en los restaurantes tanto en Rumanía como en Bulgaria, cuesta mucho decidir el pedido.  La carta contiene recetas que por su explicación, resultan todas apetitosas y se reparten a lo largo de decenas páginas. Es para volverse loco… de hambre. Lo mejor es pedir varias cosas para el centro si sois unas cuantas personas.

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Con el estómago lleno nos dirigimos por un sendero hasta el monumento Asenevs que rememora la fundación del reino búlgaro en 1185. La estatua representa a cuatro reyes búlgaros: Asen, Petur, Ivan Asen y Kaloyan; y desde aquí se obtiene una panorámica sobre río.
Además, en Veliko hay numerosas iglesias, sobre todo en el casco antiguo Asenova como la iglesia bizantina de San Dimitar, a la que se accede a través de un puente peatonal que sale desde la fortaleza.

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Una vez que anochece, se proyecta un espectáculo de luces en la fortaleza Tsarevets que nos tuvimos que perder porque cayó una descomunal tromba de agua.
Aún lloviendo, pero con una intensidad que ya permitía salir a la calle, nos fuimos a tomar algo al Melon Club, un bar de rock muy bien decorado de la calle Nezavisimost. ¡Los domingos hay jazz en directo! A alguno le hicieron los ojos chiribitas al ver los más que asequibles precios de las bebidas: 0,40€ los chupitos y 1€ la jarra de cerveza. Al cabo de un rato, alguno terminaría trabándose la lengua y cambiándole el nombre a este pueblo por el de  “Veliko Taberno”. Más tarde acudimos a una discoteca cercana, la Organza Club, en cuya entrada, unos mastodónticos porteros nos cachearon la ropa y el bolso en busca de armas. La música era una mezcla de Camela, melodías tradicionales búlgaras y organillo Casio, pero todos bailamos aquella noche con muchas ganas, había sido sin duda un gran día.

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