Venezuela

Primer día en Isla Margarita, Venezuela

playa El Agua en Isla Margarita

El jet lag que se sufre cuando se viaja de Europa a América no es tan malo como lo pintan, sino todo lo contrario. En mi caso caí rendida a las once de la noche porque para mí eran las cuatro de la madrugada. Por tanto, habiendo dormido todo lo que quise, mi cuerpo me levantó a las once de la mañana… Pero claro, en Venezuela era mucho más temprano, convirtiéndome así en la más madrugadora de la posada (a excepción del loro educado que llevaba tiempo despierto y no dudó en saludarme con un ronco “¡Hola!”).  Hice tiempo hasta que se despertara alguien que me pudiera dar una recomendación, pues la noche anterior no había visto nada de la isla debido al casi inexistente alumbrado de las calles. Me dio tiempo a escribir mi primer post sobre el viaje, asombrándome así de mi eficiencia que sospecho sería efímera, pero mientras pueda estaré aquí para contaros. Por fin se levantó la dueña, una rusa casada con un alemán, y me indicó el camino a la playa en donde se encontraba un gran número de chiringuitos. Pero nada más salir por la puerta me encontré con un simpático vendedor de pescado fresco ambulante al estilo “el afilador afila cuchillos”.

vendedor ambulante de pescado

Mientras mantenía una conversación con él de la que la mitad de sustantivos me sonaban a chino, un lagarto de considerable tamaño cruzó por la carretera. En aquel momento noté al fin esa sensación tan placentera de encontrarme verdaderamente lejos de casa.
Llegué a la playa, en la que sólo había otro madrugador paseando a sus perros y quedé maravillada por sus gigantes palmeras, su marco montañoso, su arena fina. Me quité las sandalias y comencé a caminar dejando que las suaves olas mojaran mis pies. El sol ya pegaba fuerte y sólo el rugir de mis tripas me recordó que no había desayunado y que apenas había cenado.

playa el agua

Al cabo de un rato le pregunté a un hombre que se encargaba de alquilar sombrillas que dónde podía tomar algo. Éste me indicó fuera de la playa cruzando la carretera y fue así cómo acabé en un minúsculo establecimiento en el que sonaba Bob Marley. Un  enorme muñeco de nieve hinchable adornaba su estructura.Ahí me senté con una chica que no es que estuviera desayunando cerveza, es que aún no había vuelto a casa de “rumbear”; y con un muchacho que acabaría siendo mi guía durante la jornada. Me sirvieron dos empanadas, una de alubias con queso y otra de pescado y huevo tan consistentes que ya no necesitaría ingerir nada más hasta la cena.

navidad en el Caribe

Me dijo que podía ayudarme en lo que necesitara y ahí entré con el tema “cambiar dinero”. En Venezuela las oficinas de cambio te ofrecen una cantidad muy baja de Bolívares por cada Euro, en cambio, en el mercado negro puedes venderlos por casi el doble. Me llevó a hacer la gestión con un cambio tan bueno (para mí) que se ganó en parte mi confianza. También me indicó un mercadillo en donde comprarme una mochila porque se lo había preguntado, pero como no había ninguna de mi agrado me propuso ir a Porlamar, la capital de Isla Margarita. Vaya… y yo que había pensado pasar el primer día del viaje tranquilamente en la playa… Pero de pronto tenía ganas de conocer el bullicio, la realidad. Y no me salió mal la jugada pues el taxi desde el aeropuerto que está cerca de Porlamar hasta mi hostal en Playa El Agua había tenido un precio prefijado de unos 20€. En cambio, con el margariteño, me costó sólo un euro. Esto es porque nos montamos en un taxi compartido que a diferencia de Marruecos, tienen una ruta fija. Como los autobuses de línea de toda la vida pero en automóvil. Tengo la sensación de que no es fácil moverse por aquí porque no sé ni cómo distinguirlos.

plaza en Porlamar Así llegamos a la Plaza de Simón Bolivar en donde la gente se juntaba para charlar, comer helados y hacer vida social en general. Y de ahí a la locura de calles comerciales en la que las músicas caribeñas de las diferentes tiendas se sucedían conforme caminaba mezclándose a su vez con los gritos de los vendedores y las campanas que utilizaban algunos carritos de frutas como reclamo. Me compré una mochila bonita y barata que espero que me dure. Mi “guía” me pidió que le invitara a una cerveza a lo que accedí con gusto, además a mí también me apetecía.

Seguimos con un agradable y extracaluroso paseo por el bullicio de la ciudad. Un chico me dijo que los gringos no aguantaban el sol y es que a la gente le llamaba mucho la atención el blanco fosforito de mi piel. Supongo que todos pensarían, esta guiri se va a quemar en 3… 2… 1… Pero no, esta vez llevaba una crema factor chorrocientos millones.

villa Rosa, Isla Margarita

El muchacho me convenció para ir a ver a parte de su familia a un barrio cercano al que acudimos en autobús (5Bs.) Se trataba del sector Villa Rosa, uno de los más pobres de la isla y considerablemente peligroso para un turista que lo visite en solitario. Pero no era el caso. Sus habitantes me permitieron hacer todas las fotos que quise, incluso dentro de las casas; me ofrecieron refrescos y por fin pude comprar en su pequeña tienda de ultramarinos un paquete de café, cosa que aunque parezca increíble, no había encontrado en ninguna tienda.

familia de Isla Margarita

ciber

En Villa Rosa la población es muy joven. Se ven algunos niños en sus casas, otros vestidos con un impoluto uniforme azul acudiendo a la escuela y otros hacinados en los dos cibercafés del barrio en los que los videojuegos tienen muchísimo éxito. Por otra parte, todas las viviendas tenían una doble puerta y algunas incluso habían colocado cables de alta tensión para protegerse de los que osen saltar los muros para robar. En realidad estas medidas y otras parecidas las he visto por muchas partes de la isla. Hay que tener cuidado… Aquí el margariteño me volvió a pedir que le invitara a una cerveza y se pidió la “Polar azul”, una cerveza light con menor graduación y menos calorías. Curiosamente en la isla se pueden encontrar por todas partes cervezas light pero no he visto ninguna Cocacola light.
Dejamos este barrio y las miradas curiosas de la gente para volver al noreste de la isla. El resto de la tarde consistió en paseos por la larguísima playa, algún baño, no sin antes tomarme otra cerveza (light) con mi amigo.

pez globo

Anocheció temprano, como es habitual por estas latitudes y me apresuré a volver al hostal puesto que no me sentía segura caminando por las calles en penumbra, pero al cabo de un rato tuve la necesidad de cenar, recordemos que durante el día no había comido nada desde el desayuno. Encontré un supermercado en el que una veintena de hombres se sentaban a su entrada para beber y escuchar ballenato. Los productos eran más caros que en España, fruto de la inflación. No encontré ingredientes combinables como para hacerme la cena. Frustrada me fui con una bolsa de patatas fritas y un tarro de aceitunas a precio de aeropuerto. Pero a la salida un coqueto restaurante de pasta y pizzas resolvió mi cena por lo equivalente a 2´70€.
Ya solo quedaba descansar, que el día siguiente madrugaría para comenzar un curso de buceo que llevo tiempo soñando. ¿Llegaré a ver tortugas marinas?

Porlamar

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