Santo Tomé y Príncipe

Santo Tomé y Príncipe I: Toma de contacto

Ganesh en el monumento a la línea del Ecuador y el lugar más cercano al meridiano de Greenwich.

Hace unos meses os anuncié que había ganado en un concurso gracias a vosotros dos tickets de avión a Santo Tomé y Príncipe, el segundo país más pequeño de África tras las Islas Seychelles. Anita y yo decidimos lanzarnos en septiembre a la aventura al país más remoto y desconocido en el que he estado nunca, si bien es cierto que no nos permitían ir en agosto por ser “temporada alta”. Y entrecomillo temporada alta porque eso es algo que no existe en este país si hablamos de turismo. En la isla de Sao Tomé, la de mayor tamaño, conté cuatro turistas sumándonos a nosotras y a una pareja de portugueses; mientras en la vecina y de menor tamaño Príncipe éramos con toda seguridad las únicas viajeras que habían llegado al lugar por placer. El resto de extranjeros occidentales eran cooperantes, gente que viajaba por negocios y algún inmigrante que decidió vivir la vida tropical. De hecho, cada vez que le he comentado a alguien mi siguiente destino viajero he recibido los siguientes comentarios: “¿Y eso dónde está?”. “¿eso está en el Caribe, no?”. Y no es de extrañar este gran desconocimiento sobre el país que acabo de visitar, según un estudio en el que participaron 1300 personas que debían señalar todos los países del mundo sobre un mapa, Santo Tomé y Príncipe es el quinto por el final que menos gente atina a señalar correctamente. 
 

Niños de Morro Peixe que se vuelven locos si ven una cámara.

 

¿Y qué es Santo Tomé y Príncnipe?

Santo Tomé y Príncipe es un país situado en el Golfo de Guinea compuesto por dos islas habitadas y algunos islotes que, hasta el 1975, formaba parte de Portugal. Hoy en día se pueden ver sus influencias sobre todo en el idioma –el portugués– y la forma bastante europea de vestir o la religión mayoritariamente católica entre otras cosas. También impresiona ver las antiguas ruinas de las Roças o plantaciones de cacao habitadas hoy en día pos santotomenses que hacen sencillo imaginarse cómo era la situación hasta hace 37 años antes de la revolución de los esclavos. Las vías de tren para el transporte del café y el cacao, el antiguo hospital o las casas de los terratenientes portugueses siguen ahí aunque hoy haya crecido la vegetación sobre ellas, se haya desconchado la pintura, sus habitantes tiendan la ropa sobre antiguas locomotoras y suene kuduro a través de las ventanas que aún se sostienen.

Roça de Agostino Neto, antigua plantación de cacao de la época colonial

Asimismo la capital del país, Santo Tomé,  tiene numerosos edificios de la época colonial portuguesa y ésta, mantiene dos vuelos directos con Lisboa (uno con TAP y otro con STP Airways). Pero sin duda es reconocido por su chocolate. En 1908 Santo Tomé y Príncipe era el mayor productor de cacao del mundo y hoy en día este fruto representa el 95% de las exportaciones, si bien es cierto que en cuanto el país se convirtió en una colonia portuguesa en 1485 se convirtió en el mayor productor mundial de azúcar. En cuanto al clima, situándose justo en la línea del Ecuador os podéis imaginar que es cálido y que únicamente he utilizado manga larga en el avión. Tampoco hace falta ponérsela para evitar picaduras de mosquito, pues apenas hay malaria en el país gracias a varios proyectos de Cooperación Taiwanesa. Y bueno, ya os iré contando a lo largo de varios capítulos, que este viaje hay dado para mucho.

Iglesia católica de Sao Tomé

Salí de casa en Zaragoza muy nerviosa, tanto es así que volví a entrar dos veces (y en una ocasión ya me encontraba relativamente lejos de la vivienda) para coger cosas que había olvidado meter en la mochila como un chubasquero y el certificado de vacunación, que menos mal que cogí en el último momento pues de lo contrario no me hubieran dejado entrar al país; por lo visto había estado en zonas endémicas de fiebre amarilla en Colombia y Bolivia. Me retorcí en el asiento del bus que iba directo a la T4 de Madrid sin poder pegar ojo y una vez en el mostrador me encontré con Anita que compartía conmigo los mimos nervios de quien nunca ha estado en la África subsahariana. En una hora nos plantamos en Lisboa y hasta que no vi “Sao Tome” en el panel de salidas no respiré aliviada. Sí, puede que no haya viajado poco durante mi vida, pero este viaje especialmente me producía mariposas en el estómago. Casi todos los pasajeros eran santotomenses, excepto un francés que iba a visitar a su novia y unos pocos más, y el avión iba bastante vacío, tanto es así que casi todos los pasajeros ocupábamos tumbados tres asientos. Seis horas después llegamos al Aeropuerto Internacional de Santo Tomé y Príncipe y la espera para pasar el control de inmigración se hizo eterna. Los últimos en pasar fueron el francés, un italiano y nosotras… si es que estamos siempre a la cola. Puede que estuviéramos dos horas, quizá lo hagan tan lentamente para que te vayas acostumbrando al ritmo “leve-leve” que reina el país.
A la salida nos esperaba KB, nuestro couchsurfer de Singapur que nos alojó durante diez días en su casa. Merece un monumento o por lo menos, un regalo que ya sabe que le voy a enviar desde España.

Salimos de casa para dar un paseo de unos 2km a la capital, aunque luego descubriríamos que los minibuses amarillos que pasan cada cinco minutos pueden pararse en cualquier tramo de la única carretera y dejar de caminar por sólo 5.000 dobras (0,20€). De todos modos en esos momentos nos apetecía estirar las piernas. Por el camino los hombres desde sus vehículos así como los obreros de la construcción (cosa que ya no recordaba desde que comenzara la crisis) nos lanzaban besos y gritaban “¡bonita!”. Pensábamos que lo hacían simplemente porque llamamos la atención, tan rubias y tan blancas, pero lo cierto es que lanzar besos y piropear es el deporte nacional de Santo Tomé y Príncipe en el que se entrenan desde la más tierna infancia.

Caminando junto a la costa y los vendedores de pescado

Mercado de frutas y verduras de Santo Tomé

Mi primera misión fue cambiar dinero, que como suele ocurrir la primera vez, lo hice mal. En uno de los pocos bancos que hay me dispuse a vender unos 200€ a cambio de 24500 dobras cada uno. Puede que tardara media hora en realizar tan simple transacción. En otras ocasiones acudimos a los cambistas callejeros o más bien ellos acudieron a nosotros, que además de ser más ágiles, dan el cambio a 25.000 dobras. Siguiente misión, comprar vuelos a la isla de Príncipe (la otra isla habitada del país además de Santo Tomé), porque el único punto fuera del país en el que se pueden adquirir estos billetes es Lisboa y es por ello que no habíamos podido hacerlo con anterioridad. En la oficina de STP Airways estuvimos un buen rato intentando explicarles que si teníamos la reserva hecha desde hacía meses, no tenía sentido pagar más porque el precio del vuelo hubiera subido. Batalla perdida. Me costó 200€.

Arquitectura colonial de Sao Tomé

Otro edificio de la época colonial portuguesa

Tras dar un paseo por Sao Tomé y comer pescado con banana frita acompañado de una cerveza criolla nos dispusimos a ir a casa para echar una siesta, llevaba demasiadas horas sin dormir y se me caían los ojos. Lo que ocurrió fue que los buses y mototaxis salían desde el mercado central, con la consiguiente y obligatoria parada en el mismo. De pronto éramos la sensación, gente gritándonos que les hiciéramos fotos, gente gritándo que NO les hiciéramos fotos, curiosos que se acercaban, y nosotras tan curiosas acercándonos a todo. Finalmente me compré cinco tomates por 5000 dobras e intentaron enchufarme cuatro cocos por 10 000 dobras (0,50€).

Por la noche KB nos llevó a una cena en la que se concentraba gran parte de los expatriados de la isla. Todos se conocen entre sí. Bailamos, comimos y comenzamos a conocer gente.
Al día siguiente conseguí conectarme a Internet, que se encuentra únicamente en los grandes resorts -en los que se puede reservar a través de HRS–  y edificios administrativos. Fue entonces cuando pude al fin lanzar un Tweet con la etiqueta #SaoTomeTrip y actualizar el estado del Facebook para que la gente supiera en dos simples movimientos que estoy bien, que hemos llegado bien, y que lo estamos pasando mejor. Y esto fue lo que escribí en mi muro en homenaje a Lost, la serie de TV a la que me estuvo recordando Santo Tomé y Príncipe durante mi viaje:

“Me embarco en un vuelo de Lisboa a la pequeña y tropical Santo Tomé y Príncipe. En el aeropuerto no hay anuncios sobre el lugar y ni se le menciona en la revista que te dan en el avión. Cuando llego intento cambiar la hora pero según mi móvil este país no existe. Comienzo a sospechar que me lo he inventado todo y me voy a una reunión hipermulticultural que me recuerda al reparto de Lost y en un lugar como la estación Dharma pero bien decorado. Creo que yo soy Jin porque no me entero de nada. Me doy un paseo por la costa de playas espectaculares pero desiertas y apenas voy al interior frondoso y brumoso por si aparece el humo negro. Poco a poco descubro cómo todo el mundo está conectado en este pedacito de tierra en el mar. Pero la isla no cambia de lugar ni de tiempo, y si lo hace, sería sólo al ritmo leve-leve. ¡Me gusta São Tomé!”

 

Túnel de Santo Tomé

 

 

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