Santo Tomé y Príncipe

Isla de Príncipe: vegetación, aislamiento… y exorcismos

Ganesh en la Isla Príncipe

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La Isla de Príncipe es uno de los lugares más misteriosos e inaccesibles que he conocido. Hoy en día lo recuerdo como un sueño, como un momento en el que pude parar el tiempo unos días y llegar a tener experiencias que para mí aún no tienen explicación.  Y sobre todo, un lugar al que quiero volver alguna vez en la vida y encontrármelo tal cual lo dejé si eso es posible.
Isla Príncipe es la más pequeña de las islas principales de Santo Tomé y Príncipe y se encuentra aún más aislada si cabe. Para acceder a ella tuvimos que contratar un pasaje en avioneta en una oficina de la capital que nos costó una parte importante de nuestro presupuesto (200€). Pero mereció la pena.
Aquí podéis ver el aterrizaje:

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Mi viaje a la Isla de Príncipe

Tras un breve vuelo comencé a divisar un punto verde en el medio del océano. Conforme nos acercábamos el punto se iba haciendo más grande pero no cambiaba de color a excepción de las nubes que aguardaban en su centro. Un trozo de jungla virgen en el mar, sin huella humana visible desde nuestro asiento. Ni siquiera podía ver el aeropuerto: una caseta y una pequeña pista camuflada en la selva.
Llegamos a la capital, un pueblo llamado Santo Antonio de 1.156 habitantes autoproclamado como la ciudad más pequeña del mundo. Una capital de juguete. Tras mucho negociar con uno de los más que decentes hoteles de Santo Antonio –parece mentira que en un lugar en el que éramos las únicas turistas pudiera haber tantas habitaciones disponibles-, dejamos las mochilas y nos pusimos a andar. No había transporte público en la isla, para movernos necesitábamos simplemente hacer amigos. El único cajero automático de toda la isla estaba estropeado desde hacía semanas y nadie parecía alarmarse.

Isla de Príncipe: la capital Santo Antonio
Isla de Príncipe: la capital Santo Antonio

Santo Antonio era agradable. Los edificios públicos eran pequeñas casas de colores. La plaza principal, con algún cangrejo paseando y árboles de Madagascar que me recordaban a pavos reales, era un punto wifi llamado “Principe Digital”que funcionaba de vez en cuando. De 15 a 17 horas no había electricidad, te obligaban a echar la siesta; también se cortaba la luz desde la medianoche hasta las 8 de la mañana. Mal lugar para trasnochadores.

Isla de Príncipe: palmeras de Madagascar en la plaza de Santo Antonio
Isla de Príncipe: palmeras de Madagascar en la plaza de Santo Antonio

Santo Antonio, la capital de Principe
Isla de Príncipe: muelle de Santo Antonio

Había modestos bares, pequeños comercios donde compramos aceitunas por unidades, gente con exóticas mascotas -¿por qué no tener un mono?-. Y ningún coche. En total en la isla sólo había 30 coches y aquel día no sé dónde se habían metido. La tranquilidad era total, a excepción de los grupos de niños que venían entre risas a pedirnos que les hiciéramos alguna foto. Nos seguían mientras caminábamos y cada vez que intentaba tomar una foto, un niño se metía inevitablemente en el encuadre.

Isla de Príncipe: vistas desde el hotel
Isla de Príncipe: vistas desde el hotel

Teníamos una misión, encontrar a Augusto. Un cura angoleño de la Iglesia Universal del Reino de Dios del que nos habían hablado en la isla de Santo Tomé. Sus misas eran un espectáculo.
La única manera de hallarlo era preguntando por él y nos indicaron el Edificio de Cultura. Abrimos una puerta y vimos un aula abarrotada de personas con portátiles idénticos y un profesor que habíamos conocido en una ocasión en “la isla grande”: era Silvio, un coperante taiwanés que había ido a la isla a pasar unos meses como formador de maestros de informática. Durante los siguientes días haríamos buenas migas con él.
Finalmente encontramos a Augusto y quedamos en que al día siguiente a las seis de la tarde iríamos a ver sus exorcismos en la iglesia. Así, lo normal.
Cuando empezó a anochecer nos metimos en un chiringuito de uralita junto al río donde comimos lo que había: pulpo picante y morena (ahí se pesca al día, con el horario eléctrico no sirve de nada tener neveras). También tomamos una cerveza con los lugareños. Alguno sabía inglés, pero como de costumbre, nos comunicamos en portuñol. Uno le dijo a otro: “que no te enteras, que Europa no es un país. Los franceses no tienen nada que ver con los ingleses, ni los alemanes con los portugueses”.
En España me atrevo a decir, por el contrario, que el grueso de la población piensa en África como un bloque.

Isla de Príncipe: Praia Banana
Isla de Príncipe: Praia Banana

Al día siguiente el ventilador se accionó automáticamente a las ocho de la mañana para despertarnos, se ve que nos lo habíamos dejado encendido la noche anterior.
El dueño del hotel nos dio de desayunar café, frutas y tostadas y llamó a unos amigos suyos para que nos llevaran en moto por la isla.
Como hacía buen día quisimos ir a Praia Banana, una playa paradisiaca que según los principeses fue el lugar de rodaje de un anuncio de Bacardi, cosa que dudo bastante.
Posteriormente investigué sobre el anuncio, pero los planos son tan cortos que bien podría haberse rodado en cualquier otro lugar, ¿por qué hacerlo en una isla tan remota? No me cuadra, pero bueno, a ellos les hace ilusión contártelo.

Isla de Príncipe: caminos de tierra roja
Isla de Príncipe: caminos de tierra roja

El camino era de tierra roja rodeado de abundante vegetación. Los gigantescos árboles estaban rodeados de enredaderas de las que a su vez colgaban lianas: todo ello aderezado de frutas, musgo y aves que no sabía nombrar: mi vocabulario se quedaba escaso. Todo un espectáculo de naturaleza superpuesta, ¡jamás había visto nada igual! No tenía palabras.
La playa era preciosa y solitaria. Arena blanca, cocoteros y poco más. Tardé poco en abrir un coco, a esas alturas del viaje creo que me había vuelto adicta a esta fruta.
Estaba en mi mundo, tumbada boca abajo cuando una ola notablemente más fuerte que las demás me sacudió de mi tranquilidad. La toalla se fue al mar perdiendo su utilidad y entonces decidí salir a dar una vuelta por la zona. Caminamos alrededor de media hora hasta llegar a la playa de Burras. Resultó ser un humilde pueblo pescador donde había más animales paseando que seres humanos. Preguntamos si había algún lugar cercano para comer. Como no lo había nos invitaron a un plato de arroz, pescado y pimientos en una de sus cabañas de madera: el anfitrión fabricó un palangre de pesca en lo que tardamos en comer.
Seguimos por uno de esos caminos de tierra rojiza. Cada vez que dábamos una fuerte palmada, salían aves de colores de las copas de los árboles.
El mundo se paró de tres a cinco de la tarde. En ese momento pude ver desde la azotea del edificio cómo Santo Antonio salía tímidamente de su letargo diario. Se encendieron las farolas, los niños corrían por la calle y se escuchaban algunos televisores y gente hablando, como era habitual, a gritos.

ciudad en principe

Isla de Príncipe: la ciudad mas pequeña del mundo

Isla de Príncipe: la ciudad mas pequeña del mundo

Y entonces nos acordamos de que pronto empezaría la misa de Augusto en la que intentaría supuéstamente sacar las fuerzas malignas que se encontraban en sus feligreses.
Describir lo que ahí vi me ha resultado muy costoso. No soy religiosa, ni supersticiosa. No creo en seres que nos vigilan o controlan ni desgraciadamente en un más allá. Pero no me explico cómo una señora, mayor y menuda, fuera aquel día capaz de entrar en trance y obtener una fuerza sobrehumana: se necesitaron seis personas para detenerla a duras penas y los bancos de la iglesia volaron por los aires.
Cuando comenzó la misa me llamó la atención que no debíamos estar más de veinte personas en el templo. En cambio había ocho ayudantes de pie a los que llamaban “obreros” (generalmente hombres y mujeres fuertes y altos). El cura comenzó a hablar sobre cuestiones de Satanás –di que no entiendo mucho el portugués- a un público con los manos colocadas en la cabeza. De pronto noté un roce en la espalda, era una señora que había caído al suelo y estaba fuera de sí. Otra comenzó a gritar desgarrándose la ropa hasta quedarse casi desnuda y las mujeres obreras fueron corriendo a taparla con una sábana y a detenerla. Así hasta cinco personas.
Rodaban por los suelos, chillaban, daban patadas al aire. Temí por mi integridad física y salí a la puerta de la iglesia para seguir observando sin tener que estar atenta a mi alrededor por si una patada poseída me alcanzaba. Gracias a los ayudantes, algunas de las mujeres quedaron en una especie de hipnosis: totalmente quietas (unas con los ojos abiertos y otras no), de rodillas y en silencio pero inconscientes. Tras aproximadamente una hora y media de actividad, quedaba una feligresa imparable, había intentado salir de la iglesia rodando, había movido todos los bancos y su ropa estaba destrozada. Ni el cura ni los obreros habían podido hacer nada, entonces fue cuando pasaron al plan B y me invitaron a formar parte. Pensaban que cuántas más personas hubiera, más fuerza contra el demonio sumaríamos.
Nos pusimos en círculo cogidos de las manos en torno a la mujer que se retorcía como un gato asustado en un saco y gritaba todo lo alto que permitían sus pulmones. De vez en cuando tenía que dar un salto hacia atrás para esquivar sus patadas, pero siempre sin perder de vista mis espaldas: aún había cuatro mujeres más que podían descontrolarse pues de vez en cuando explotaban en gritos y tenían que volver a ser calmadas.
Al inicio de la misa a cada uno se nos había entregado una cuerda que habíamos tenido que introducir en una botella que se había quedado el pastor. Desconozco el simbolismo de este acto pero mientras estábamos en el círculo, el cura sacó la botella y la fue pasando a algunos espectadores. La mujer perseguía la botella, enrabiada, rugiendo como un animal y con cara de odio absoluto. Yo no quería que ese objeto llegara a mis manos, no sabría qué hacer…
Todos gritábamos al unísono “¡¡Satán fuera, Satán fuera!!”
No sé cuánto tiempo pasó, puede que fueran dos horas. Dos horas de tensión y de incomprensión a lo que estaba viviendo. ¿Se trataba de autosugestión?, ¿o quizá hipnosis?, ¿la autosugestión o la hipnosis pueden hacer que obtengas momentáneamente una fuerza sobrehumana? O quizá haya algo más que nunca conoceré.
Cuando salí del templo no sabía qué decir ni qué pensar y a día de hoy sigo sin entenderlo. Y repito, soy una persona escéptica que siempre busca el por qué de las cosas.

Isla de Príncipe: ¡niños por todas partes!
Isla de Príncipe: ¡niños por todas partes!

El día siguiente no comenzamos a hacer turismo hasta el mediodía. Príncipe se había despertado más que lluvioso.
Salimos con la moto hasta la antigua plantación portuguesa de Belo Monte situada en el punto más nórdico de la isla. No eran las mejores ruinas de una plantación, pero desde este punto se tenían unas vistas impresionantes a la Playa Banana.

mirador belo monte
Isla de Príncipe: mirador Belo Monte

De pronto nos cayó un chaparrón tropical en una localidad llamada “Paciencia”, está claro que íbamos a necesitar mucho de ella ante la repentina llegada de la temporada húmeda. Nos cobijamos en un chiringuito de hojalata junto con los dos amigos que nos acompañaban. Nos atendió una chica de aproximadamente dieciocho años y dos hijos a su cargo. Estuvimos hablando sobre las diferentes relaciones personales que tenemos en Europa y en Santo Tomé y Príncipe. Tanto ella como ellos estaban de acuerdo en que casarse es algo que se hace cuando ya eres viejo y que antes está bien tener muchas parejas y muchos hijos, “¿para qué casarse con una persona pudiendo estar con muchas?” –me decían-. “¿El amor?, ¡eso no existe!”
También me dijeron que si no tenía hijos era porque no quería, según ellos era algo que no costaba dinero.

sundy panorama
Isla de Príncipe: plantación de Sundy
Isla de Príncipe: plantación de Sundy

Seguimos caminando por la isla. Me volví loca haciendo fotos en la plantación de Sundy al norte de la isla. Además de los habituales compartimentos de una antigua plantación de cacao como la casa del administrador, las casas de los trabajadores, el hospital, la iglesia, los almacenes y las viviendas de los mayordomos, en Sundy se habían restaurado la mayoría de los espacios. La casa principal en particular, era un caso aislado: estaba en el mismo estado en que fue abandonado por su último propietario portugués según nos dijeron: las pinturas , los muebles, los techos de madera, los azulejos, los dormitorios y la terraza de la segunda planta con vistas al mar. Es por ello que el presidente del país lo escoge como residencia oficial cuando visita la isla. Pero fuera de la casa se encotraba lo más sorprendente: los compartimientos que recordaban a un castillo de piedra con torres y almenas, los niños jugando por todas partes y muchos principeses realizando una vida normal sobre raíles y locomotoras que transformaban el preciado producto de la colonia portuguesa. En el medio del jardín, una placa indicaba que esta Roça fue escogida por Sir Arthur Eddington como el lugar para probar la Teoría de la Relatividad de Einstein en 1919. Sería porque aquí el tiempo transcurre mucho más lento de lo habitual.

 perro de sundy
antigua plantacion de azucar

vias de tren

niños de principe

las escaleras

ferrocarril de la epoca colonial portuguesa
Isla de Príncipe: ferrocarril de la epoca colonial portuguesa

Realmente lo que hizo fue lo siguiente: Eddington viajó a la isla de Príncipe para observar un eclipse de sol y fotografiar las estrellas que aparecían alrededor del astro rey. Según la teoría de la relatividad, las estrellas que deberían aparecer cerca del Sol tendrían que estar un poco desplazadas por el campo gravitatorio solar, efecto que sólo puede percibirse durante un eclipse. En un principio esto fue una prueba aunque más tarde se supo que no lo era.

Isla de Príncipe: Ponta del Sol
Isla de Príncipe: Ponta del Sol

Nuestro periplo siguió por Ponta do Sol, donde una familia posó para nosotros. Hicimos una parada en un pueblecito llamado Porto real y los niños nos recibieron con bailes (VER VÍDEO). Como ya he comentado, si sacaba una cámara, todo el mundo quería salir en las fotografías, cosa que se agradecía.
Finalmente terminamos en un estadio de futbol donde se jugaba un partido. Santo Tomé y Príncipe tiene una de las peores selecciones de fútbol del mundo, pero no les recuerdes este dato. En general aquí la gente juega mucho a este deporte. De hecho, el día que nos fuimos era el Día Nacional de la Mujer y éstas habían organizado un partido de fútbol “gordas contra magras”.

Pequeña principesa

Nuestro viaje terminó con unas vistas como nunca he tenido en el mirador de Nova Estrella y una fiesta de bailoteos en la playa (VER VÍDEO).
¿Volveré algún día? Espero que sí, y que se haya quedado como estaba. Eso sí, con un cajero automático reparado.

el mirador de nova estrella
Isla de Príncipe: el mirador de Nova Estrella

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