Francia

París: cuatro historias para cuatro monumentos

Los jardines de Luxemburgo. nunca he sido muy fan pero el palacio tiene una historia fantástica para otro día.

La capital de Francia es una ciudad que rezuma historia por los cuatro costados. Como el gigantesco museo que es, París nos regala bonitas anécdotas en casi todos los monumentos que podemos ver en la ciudad. Los personajes que de alguna manera han marcado el pasado y el presente de París tampoco se quedan atrás. Hoy aquí van cuatro, y espero que hoy sólo sea la primera parte porque existen muchas más.

 

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1. El Aviador de Lafayette:

Jules Charles Toussaint Védrines era de todo menos un aviador convencional. Desde pequeño se había sentido fascinado por esos modernos cacharros voladores que ofrecían un nuevo horizonte a conquistar. Jules se empeñó tanto en ello que llegó a ser uno de los pilotos más reputados de la historia. Con treinta años había ganado la primera (y fatídica) carrera entre París y Madrid, consiguiendo un premio de treinta mil dólares y la cruz de Alfonso XII.  Vedrinés fue el único que consiguió llegar a la capital de España después de cuatro días de vuelo de entre los diez participantes que partieron desde la ciudad de la luz. Cansado y aterido, aterrizó su avión en Getafe para descubrir que las autoridades no estaban allí para recibirle porque ya pensaban que ninguno lo conseguiría. Llegaba veinticuatro horas más tarde de lo previsto, pero llegaba. También ganaría el “Gordon Bennet trophy” y sería el primer piloto en sobrepasar los cien kilómetros y las cien millas por hora.

Durante la primera guerra mundial, Védrines se encargó de multitud de operaciones tras las líneas enemigas, llevando y trayendo agentes desde Alemania en su avión “La vache” (la vaca). El nombre estaba pintado en enormes letras sobre el fuselaje de su aeroplano y puesto en honor a su familia de orígenes humildes, provenientes de la región de Limoges. En aquellos días el camuflaje no importaba demasiado.

La famosa cúpula de las galerías Lafayette. la terraza superior, donde aterrizó Vedrinés, es de libre acceso (gratis, vamos)

El 19 de enero de 1919, después de acabar la guerra, y durante aquellos “años locos”, era el día de volver a hacer caja. Un premio ofrecido antes de la guerra otorgaría veinticinco mil francos a la primera persona que fuera capaz de aterrizar sobre un edificio de la capital gala. Védrines, en un fuerte día de niebla, despegó desde el aeródromo de Issy-les-Moulineaux a las 13:20. Su objetivo, de veintiocho metros de largo por apenas quince de ancho, era el tejado de las famosas galerías Lafayette. La envergadura de su Cauldron G3 era de diez metros, así que no tenía demasiado margen de error. Al acercarse a la “pista”, Védrines apagó el motor y en un espectacular aterrizaje, rozó el parapeto de las galerías y con mínimos daños, posó su avión sobre el tejado. Levemente herido, bajó del avión y ante los escasos y atónitos espectadores que observan la maniobra desde el tejado de la “Societé Générale”, Jules comenzó a vociferar “¡aquí estoy!, ¡aquí estoy!”. Recibió sus bien ganados veinticinco mil francos, y una multa de dieciséis por sobrevolar un espacio aéreo prohibido.

A su muerte en 1921, en un accidente aéreo, el ministerio del aire francés colocó una placa que hoy todavía puede verse en lo alto de los grandes almacenes. También Getafe recuerda su hazaña con una calle en su nombre.

Fuentes: 1, 2, 3, 4, 5 y 6.

El aterrizaje sobre el tejado de Jules Vedrinés visto desde el tejado de la Societé Générale.

 

2. Ojo por ojo

“Ojo por ojo, diente por diente, hueso por hueso”. Ésa es la famosa frase, mil veces repetida que tradicionalmente atribuimos a la ley que Moisés entregara al pueblo judío. Viene en el libro del éxodo, en el capítulo 21, y está dictada directamente por Yahvé a su patriarca para que la transmitiese al pueblo recién exiliado de Egipto. Esta ley se convertiría en el mandato que gobernaría a los israelitas en los años venideros. El problema es que hay una piedra en París que deja al pobre Moisés en mal lugar. Es de diorita, de casi dos metros y pico, más negra que el caballo del malo, y se encuentra en el Louvre. La llamamos “el código de Hammurabi”.

Un detalle del código de Hammurabi.

El código fue hallado en la antigua Susa, en Irán, por el Egiptólogo Jaques De Morgan, y trasladado a París. De Morgan tradujo las doscientas ochenta y dos leyes que el código tenía y se encontró con la sorpresa de que la piedra contenía la ley del Talión íntegramente grabada en la superficie. Y además la datación de la misma la sitúa, como poco, doscientos años antes de que Moisés naciera. Inspirado por el dios Marduk al rey Babilonio Hammurabi (eso me suena de algo) , el código contiene las leyes que también regían a las babilonios y que no sólo alude, sino que literalmente cita, aquello de que si alguien te saca un ojo, el castigo será perder el suyo, así como leyes para los esclavos, los ricos, contra el adulterio etcétera. Y claro, como casi todas las leyes humanas ésta no es distinta y los ricos salían ganando. El castigo para un pobre o un esclavo es bastante más duro que para los que ostentan el poder, pudiendo estos últimos pagar multas económicas en lugar de físicas si hubieren cometido algún delito, como por ejemplo adulterio, contra alguien de menor categoría social,

Al bueno de Moisés hay que atribuirle una mejora. La ley que Dios le dicta no es “tan severa” como la de Hammurabi y por ello los historiadores piensan que en lugar de tratarse de una copia mejorada, ambas provienen de un origen común y evolucionaron de manera distinta para adecuarse a las tradiciones de los babilonios y los israelíes.

Fuentes: 1 y 2

Las pirámides de cristal en la explanada del Louvre.

 

3. El bombero de la torre Eiffel

No era un día normal para nadie en la ciudad de la luz. Tampoco para Raymond Sarniguet. Sus piernas temblaban por el esfuerzo y su corazón acelerado parecía que iba a estallar dentro de su pecho mientras se afanaba en reducir poco a poco la distancia que le separaba de su competidor. Bajo él, restallaba el sonido de las balas estrellándose contra las vigas de acero disparadas desde la “École Militair”, al otro lado de los Campos de Marte. Con un paquete cuidadosamente envuelto bajo sus manos, el jefe de bomberos de París se afanaba en subir los mil seiscientos sesenta y cinco escalones que llevan al techo de Francia. Cuando faltaban doscientos escalones para la cumbre, Raymond alcanzó a su rival, le adelantó y a las diez de la mañana del veinticinco de agosto de 1944 se plantó sólo en lo alto de la “dama de hierro”.

 

La torre Eiffel con la cúpula de los Inválidos a la izquierda. Ahí está enterrado Napoleón.

 El aire era vibrante. El sol calentaba el verano parisino y un radiante cielo azul imperaba sobre la ciudad. Recuperó algo de resuello y temblando desenvolvió con exquisito cuidado el paquete que llevaba en las manos. El rojo era de un rosado maltrecho, el azul más bien violeta y el blanco, ligeramente amarillo porque eran las sábanas de su casa. Raymond las había teñido y ocultado en secreto, porque la posesión de la bandera francesa significaba la cárcel, la deportación a los campos de “trabajo” o directamente el pelotón de fusilamiento. En aquel momento importaba poco. Para el hombre que mil quinientos veinticuatro jornadas antes, entre lágrimas, había tenido que sustituir la tricolor por la cruz gamada en lo alto del símbolo de Francia, ese veinticinco de Agosto era, ciertamente, un día especial. Era el día de la liberación de París.

Fuentes: 1, 2, 3 y la más importante : 4

El homenaje a Sarniguet y al resto de bomberos de París el 25 de Agosto de 2004, sesenta años después del día de la liberación.

 

4. El “Bistro Parisien”

Hoy en día, paseando por Madrid, Barcelona o Zaragoza, empezamos a encontrar restaurantes que comienzan a utilizar la palabra francesa “bistró”. No sé si desean parecer más “cool” o atraer a la clientela con una especie de “internacionalización”. La crisis agudiza el ingenio. En realidad un bistró es tradicionalmente un restaurante de comida muy sencilla, en locales que generalmente estaban en las cocinas de pobres edificios de apartamentos. Los dueños de los edificios podían conseguir un suplemento extra vendiendo comida barata hacia la calle junto con café y vino. Lo que conocemos como “plato del día”. 

 

 

Un bistrot cualquiera. Fuente : Benjamin Bousquet en Flickr

La leyenda (urbana) comienza en 1815 cuando las fuerzas de ocupación rusa en París (al acabar las guerras napoleónicas, tras Waterloo) tenían una de sus bases en la plaza de la Concordia y otra establecida en la colina de Montmartre. Un sitio estratégico para bombardear París en caso necesario. Los oficiales rusos, establecidos en los alrededores de la colina, acudían a los pequeños restaurantes de los alrededores. Y como hombres de acción eran impacientes. En cambio los cocineros franceses, nada contentos con los ocupantes tártaros, y a los que les encanta cuidar de su gastronomía, eran deliberadamente lentos. Es por ello que los rusos, cuando consideraban que les estaban tomando el pelo, espoleaban a los parisinos gritándoles “¡bystro!, bystro!” -rápido en ruso- para intentar que los sirvieran a la mayor brevedad posible. Y de ahí cuenta la leyenda que aparece la palabra que hoy da nombre a cientos de pequeños cafés de París.

En realidad los lingüistas franceses no dan mucho crédito a esta historia y sostienen que podría venir de la palabra “bistrouille” proveniente de bretaña, y que no es otra cosa que un café mezclado con licor barato, pero a mí me gusta más la de los invasores rusos.

Fuentes: 1 y 2

 

Las vistas desde lo alto de la colina de Montmartre, donde se encuentra la basílica del Sacre Coeur.

 

Espero que os hayan gustado estas cuatro historias, para que podáis contar a vuestros amigos o a vuestras parejas alguna cosa curiosa si visitáis alguno de estos monumentos (incluyo el Bistrot como monumento, porque los hay que hacen platos deliciosos).

@gothart en twitter

 

la “dama de hierro” (no confundir con Margaret Thatcher), Icono por excelencia de París (y sí, sé lo del HDR pero no me pude resistir)

 

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