Venezuela

Parecía que no lo conseguiría… ¡Bienvenida a Isla Margarita!

posada casa rosa

Mi viaje a Venezuela empezó mal desde el principio. Había reservado un vuelo por Internet de Madrid a Caracas y otro de Caracas a Porlamar (Isla Margarita). He de decir que soy muy neurótica con los aeropuertos. Siempre acudo mucho antes de lo que me corresponde “por lo que pueda pasar” y de momento me ha ido bien, no he perdido nunca un vuelo. Así que si todo hubiera salido a su tiempo, tendría que haber hecho una escala de ocho horas en el aeropuerto de Caracas. Así parece imposible que no me suba al avión con destino a la isla, ¿verdad? Eso pensaba yo…

Me presenté a las 7.30 de la mañana en el mostrador de Conviasa en Barajas. La fila que había para facturar era tan larga que se doblaba con forma de intestino hasta bien lejos. Por lo visto no era yo la única con fobia a perder vuelos. Cuando me tocó mi turno, unos 45 minutos después, el empleado me comunicó que el vuelo saldría con cinco horas de retraso, es decir, a las tres de la tarde debido a la niebla. Que no me podía enviar la mochila directamente a Margarita y que en caso de perderlo, al tratarse de la misma aerolínea, su homólogo venezolano se haría cargo de mí.
Vuelvo a la una, tras el control en el que me hacen descalzarme, quitarme el jersey, desfundar el miniportatil, llego a la puerta de embarque. No la habían abierto pero sus desconfiados pasajeros ya estaban esperando de pie. Finalmente despegamos a las cuatro. Lo que significa que quizá pudiera llegar a las siete y alcanzar mi conexión a las nueve. El interior del avión era como esperaba, después de lo económico que me había salido el trayecto. Asientos como los de Ryanair, baños cutres de tren, nada de pantallas con películas… solo un periódico chavista para entretenerme.
La espera pera entrar en inmigración se alargó demasiado, mi mochila salió de las últimas de la cinta y mucha gente me contaba que habían perdido sus conexiones… Sólo tenía cinco minutos para embarcar a Isla Margarita, eso si me dejaban subir con todo el equipaje. Ningún cartel anunciaba mi vuelo, todos habían dejado de informar a media tarde así que sólo me quedaba preguntar a la gente. Después de enviarme a cuatro sitios diferentes, encontré el mostrador de Conviasa. Le enseñé mi reserva al asqueado empleado y éste me dijo que no se podía hacer cargo de mí porque él no tenía culpa de que en Madrid hubiera niebla. Le conté que en Barajas me habían dicho que me ayudarían, pero el hombre aseguraba  que no podía (quería) hacer nada. Yo aquí no me quedo… pensé. Llegó el momento de montar mi primer pollo y al cabo de unos minutos se le encendió la bombilla y accedió a atenderme a mí y a tres personas con el mismo destino que yo. Una chica venezolana que estaba en la misma tesitura me dijo “es que en este país solo funcionan las cosas cuando montas un teatro”. Ya veo…
Y entonces ocurrió algo que he de decir que me esperaba. ¡El vuelo se retrasó una hora! Finalmente y corriendo mucho alcanzamos el avión y aquí estoy. En un hostal decorado con plantas tropicales y adornos navideños. Hace mucho calor y sólo escucho los gallos y un loro que me dice “Hola, hola, Roberto”. Somos los únicos madrugadores porque aunque para mi cuerpo sean las 11 de la mañana, aquí son las seis y aún no han puesto las calles.

Voy a salir a desayunar algo, ahora sí que empieza la aventura.

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