Venezuela

Mérida, Venezuela

Mérida, Venezuela

Tras seis horas de viaje –dos más de lo habitual- en un estrecho autobús viendo “50 primeras citas” en blanco y negro, en el que el conductor nos había grabado en vídeo, llegué a la ciudad de Mérida en plenos Andes venezolanos. Si no fuera por los montes que rodean a la ciudad, hubiera pensado que me había confundido de destino puesto que todos los venezolanos por el camino me habían aconsejado abrigarme mucho por tratarse de una ciudad con un clima frío. Y ahí estaba yo, pasando calor y quejándome por haber guardado la crema solar en el fondo de la mochila. Definitivamente, creo que para estándares europeos, no hay ningún lugar en Venezuela en donde se pase frío durante el día. Por la noche es otra historia, pero nada que no pueda solucionarse con un simple forro polar.


salto de parapente

Tomé un taxi desde la estación (los precios están prefijados) al hostal Alemania, que está, junto al hostal Austria. Por 70 Bolívares compartía una espaciosa habitación con tres personas  y me pude duchar con agua caliente, así como cambiar dinero. Mención especial a las mascotas de este establecimiento; una tranquila tortuga de tierra que campaba a sus anchas y un enorme gato persa que no era raro encontrártelo acurrucado en tu cama por la noche. Le pregunté al dueño del hostal por excursiones y como supuse, organizaban una suculenta salida de tres días por el desierto de los Llanos que me hubiera encantado realizar, pero me apremiaba el tiempo y no iba a poder realizarlo.
— Mañana, si quieres, puedes volar en parapente.
Vaya, eso sí que estaría bien –en esos momentos mis pupilas debieron dilatarse como un lacasito–. En Mérida es habitual realizar deportes de riesgo que pueden reservarse en cualquier agencia de la ciudad como rafting, cañoning o parapente. Y éste en especial llevaba tiempo deseándolo. El capricho me costó 450 Bolívares (transporte incluido) y de pronto sentí un placer por tachar un elemento de mi extensa lista de “cosas que hacer antes de morir”. La anterior había sido hacer rafting.

parapente en Mérida

Lo que no iba a ser posible, era subir en el teleférico más largo del mundo, porque se encontraba en reparación hasta probablemente el año 2013.
Salí a dar una vuelta por la ciudad antes de que anocheciera y me di cuenta de que no iba a necesitar el mapa. En Mérida las calles largas de Este a Oeste son Avenidas; y las que las cruzan son Calles  formando bloques que para ellos son cuadras y para nosotros manzanas. Por ejemplo, mi posada estaba en la Avenida 2 entre las calles 17 y 18. La Avenida 3 es, digamos, la calle principal de la ciudad, y empecé mi paseo ahí. Se trata de una avenida repleta de comercios de todo tipo en donde venden electrodomésticos, ropa, utensilios de montañeros y sujetadores a granel.

catedral de Mérida

Aparecí en la bulliciosa plaza de Simón Bolívar. Aquí, además de un gran monumento al libertador, se encontraba la que muchos describen como la catedral más bonita de Venezuela y edificios públicos como el Palacio del Gobierno, el Museo Arquidiocesano, el Palacio Arzobispal, la Casa de la Cultura de Juan Félix Sánchez o el Museo Arqueológico que forman parte del casco colonial de Mérida. Siguiendo por la avenida, a unos diez minutos a pie, conocí el segundo récord Guinness de esta ciudad; la heladería Coromoto que con sus más de 800 variedades, ostenta el honor de ser la heladería con más sabores diferentes de helados del mundo. Escoger entre tantos es una tarea complicada, más aún cuando hay gustos cuyos nombres no te aclaran nada como “Miss Universo”, “Amor secreto”, “Noche buena” o “Juventud feliz”. Me pedí una tarrina de dos sabores, de cangrejo y de maíz, éste último por recomendación de una empleada.

sabores de la heladería Coromoto

helado de Coromoto

Ya con el estómago lleno me paré a ver un puesto de bisutería que llevaban hippies de Colombia, Venezuela, Brasil, Argentina… y cómo no, acabé el resto de la tarde conversando con ellos. Uno de ellos me invitó a ir a un concierto de rock de un grupo local, lo cual me hizo ilusión después de tantos días escuchando regetón y ballenatos en este país en el que sientes estar metido en una película con banda sonora en todas partes y en todo momento. Cuando llegamos al lugar, el concierto de Channel no había comenzado todavía. Estuve hablando con los músicos y me comentaron que habían olvidado traer cámara de fotos y que les vendría muy bien que yo les tomara algunas instantáneas con la mía durante el concierto. De paso, me regalaron un CD suyo muy bien presentado de su álbum “Proceso”. Salí un momento del recinto para que terminaran sus ensayos y cuál fue mi sorpresa que el portero no me dejó entrar porque llevaba mochila. Le expliqué que acaba de salir, que tenía que fotografiarles, que tal y que cual…, pero el hombre no se apeó del burro. Menos mal que con las redes sociales me he podido disculpar a la banda.

Al día siguiente me desperté nerviosa, iba a volar en parapente. De pequeña, paseando por los acantilados de Larrabasterra (Bilbao) me quedaba mirando desde lo alto, cómo la gente sobrevolaba la playa salvaje y el mar; y me parecía que nunca sería capaz de volar sin paredes, sin combustible… sin miedo.  Un niño que probablemente hubiera aprendido a volar antes que a caminar me hizo ver que esto lo podía hacer cualquiera, incluso una cagona como yo.

niño parapente

Subimos en coche a Tierra Negra, uno de los 10 mejores lugares del mundo para practicar este deporte, que se dice pronto. Me pusieron los arneses para ir en tándem con un monitor, comencé a caminar y al tercer paso ya sólo estaba moviendo los pies en el aire. La sensación de estar a mil metros de altura en un vehículo invisible en mi campo de visión e insonoro al no tener ningún tipo de motor fue la sensación más parecida a estar colgada de un columpio gigante al estilo Heidi. Demasiado sencillo y natural para ser cierto, sólo con las corrientes de aire podíamos volar como un pájaro y decidir, mediante dos anillas una a cada lado, la dirección de nuestro rumbo. Me llamó mucho la atención el silencio, algo que casi había olvidado y cómo no, los que ofrecía el valle del río Chama.

Volar por los Andes

volar en parapente

¿Qué es ese recuadro?

vistas desde el parapente

Gracias al zoom sé que es una granja que si no me hubiera imposible saberlo, esto me dio una pista de cuán alto estaba volando.

granja

Después del vuelo, vino la cerveza, en donde tuve divertidas y sarcásticas conversaciones políticas con los instructores de vuelo, hasta que a la tercera, les pareció oportuno llevarme de vuelta al hostal. Aunque me hubiera quedado más tiempo.

cerveza solera

pequeños pilotos

 

 

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