Malta

Ruta por Malta II: Marsaxlokk, la Gruta Azul, Mdina y los templos prehistóricos

Me desperté con más sueño que hambre pero no me pude resistir el desayuno de buffet del hotel. Tras varios cafés y alimentos poco habituales a esas horas de día, recuperé las fuerzas suficientes para aprovechar esta nueva jornada fotográfica. Audrey yun nuevo conductor nos esperaban en una furgoneta aparcada en la entrada del hotel para llevarnos a uno de los lugares más fotogénicos de la isla de Malta: el puerto de Marsaxlokk.

Tanto los turcos en 1565, como Napoleón en 1798 desembarcaron sus tropas en el pueblo. Hoy en día lo hacen los turistas, pero sigue manteniendo su propio estilo. Barcas de vivos colores, restaurantes en los que degustar pescados y el mercado de los domingos. Aquí se pueden encontrar desde figuritas y souvenires hasta frutas y pescados frescos.

 

Como curiosidad, estos botes de pesca a los que llaman luzzus se les dibuja el ojo del dios egipcio Osiris para que los malos espíritus no se acerquen; y algunas también llevan consigo un pequeño altar cristiano.

 

 

Tras este paseo nos llevaron a Wied Iz-Zurrieq para contemplar la Gruta Azul (Blue Grotto). No pudimos visitarla desde dentro en barca como estaba previsto, sino que nos tuvimos que contentar con verla desde un mirador. El fuerte oleaje lo impedía.

Éste es Diego autorretratándose. Desde aquí se alcanza a ver la pequeña Fifla, una de las islas del archipiélago maltés; pero ésta no está habitada.

 

 

La siguiente parada nos permitiría conocer el gran legado prehistórico de Malta: los templos de Hagar Qim y Mnajdra, obras únicas en su género si tenemos en cuenta los pocos recursos de la época. Se construyeron hace unos 5000 años y, junto con otros templos de Malta y Gozo, están incluidos en la lista de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en la categoría “Importancia en la historia de la humanidad”. Y no es para menos. El destacado prehistoriador lord Renfrew describió estos templos megalíticos como “los monumentos en pie más antiguos del mundo”. Es sorprendente que hayan vivido personas en este lugar tan remoto desde hace tantos años. Se cree que se utilizaban para rituales, pero poco se puede saber de esta época de la que no existen documentos escritos.

 

Cogimos fuerzas en el restaurante Blue Greek: unos se pidieron el típico conejo de aquí, otros ciervo y yo, pez espada, que para algo es el pescado que más me gusta. Las vistas eran impresionantes porque el establecimiento se encontraba junto a un acantilado. Pero antes de comer me entretuve tomando fotos de dos pequeños hermanos que jugaban en la costa. Muy majos ellos.

 

La última parada del día fue Mdina, la primera capital de Malta durante la época de los Caballeros de Malta que fue también un asentamiento de colonos de la Roma Imperial. Se ha nombrado La ciudad silenciosa y no hace falta explicar por qué.

En sus calles se han rodado varias películas como El conde de Montecristo o Ágora. La ciudad está rodeada de unas murallas de 19 metros de altura construidas por los árabes, dejando en su exterior a los más pobres en lo que llegó a ser Rabat –que significa “suburbio”-.

 

En la vecina Rabat nos pasó algo curioso, estábamos paseando tan tranquilamente con nuestras pintas de guiri –nadie suele ir en grupo con grandes cámaras colgando a no ser que sea extranjero- y un hombre salió a buscarnos desde una iglesia para que entrásemos a verla. Insistió tanto que accedimos. El lugareño la abrió con su juego de llaves y tras contemplarla por dentro, nos guió hacia unas grutas en las que según la tradición, el apóstol San Pablo encontró refugio tras naufragar cerca de las costas de la isla. Ratzinger estuvo aquí.

 

Para volver al hotel, tomamos uno de los míticos buses de Malta. Coincidimos con un numeroso grupo de españoles de mediana edad que estaban más que alterados. A cada curva que tomaba el alocado vehículo, estos no hacían más que pegar gritos. Solía defender que los españoles no éramos tan ruidosos como se dice, pero esto me hizo tragarme mis ideas. ¡Nos ganamos la fama!

 

 

Esa noche me tomé una pinta de cerveza con mi amigo René, un maltés que conocí en un seminario de comunicación en Berlín. Hay dos cosas difíciles de encontrar fuera de la isla: los euros malteses… y los malteses.


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