Austria

VIENA, Austria

La capital austríaca es un símbolo del legado de la dinastía de los Habsburgo, que controlaron gran parte de Europa durante más de seiscientos años. Se trata de una ciudad repleta de joyas arquitectónicas (gracias a Francisco jose I) y con un impresionante pasado musical.

Fuimos en tren de Gÿor (Hungría) a Viena. Lo curioso es que una vez dentro, se le paga al revisor el billete hasta la frontera con Austria -con Florines-, y después, a otro revisor, desde la frontera hasta Viena en Euros.

Cuando llegamos, a las diez de la noche, se había jugado algún partido de fútbol importante porque todo el mundo iba con pelucas rojas, trompetas y atuendos estrafalarios. Es curioso que lo primero que veamos de Viena, sea semejante show.
Llamanos a Christine, ex compañera de piso en Pamplona para avisarle de que habíamos llegado. La buena moza nos había preparado una cama restform, que cogimos con mucho gusto.
Descansamos y nos levantamos tranquilamente (a las 10) para ver la city.

Salimos del metro y una abuela se nos acercó para ayudarnos; y es que en esta ciudad, si sacas el mapa, cualquiera te resuelve dudas. La verdad es que da gusto estar en un lugar en el que todo el mundo habla alemán y/o inglés, después de haber salido, no sé como, de Györ, un pueblo en donde ni en la oficina de información se habla inglés.
Pues eso, nos quedamos embelesadas mirando el pedazo de parlamento. Da igual hacia qué lado se mire, todo son edificios majestuosos, calles anchas y limpísimas… Y es que si hay un país feliz, ese es Austria; una ciudad de piruleta sería Viena y una calle de gominola, cualquiera de ellas. Pero lo que en un principio nos impresionó, acabaría cansándonos. Una ciudad perfecta, en realidad, no tiene mucho interés.
Seguimos caminando y nos metimos en el museo Albertina a ver una exposición temporal de Van Gogh. La entrada costaba la friolera de 9€; 7€ si eres estudiante y 3€, para los escolares (Schülern). Por supuesto, al comprar le entrada especifiqué en alemán que éramos Schülern; y la moza nos preguntó “¿Menores de 18 años?”, a lo que contesté un firme “¡¡SÍ!!

 

Tras esto nos fuimos a la Schmetterling Haus (Casa de las mariposas), que trata de eso, una casa o invernadero lleno de mariposas. Se las puede ver en su fase de capullo, comiendo plátanos o revoloteando; claro que son tan grandes que parecen murciélagos. Tampoco dudaban en posarse sobre algún hombro, por lo que tuve el dudoso placer de poder mirar cara a cara a un mariposón (qué fea, por Dios). Tras esta bizarra visita seguimos caminando por el centro, unas calles con jóvenes disfrazados de Mozart, carros de caballos y golosos escaparates de bombones, (Tuve que parar a comprarme unas botas, porque sólo había traído de la India unas zapatillas y aquí estaba lloviendo a jarros), hasta llegar a la catedral de Stephan.

Una vez cubierta la parte cultural…
Entramos a un super y compramos las cervezas más baratas y austriacas. Nos hicieron enseñar el DNI para halago nuestro. Lo que ocurre es que aquí las niñas aparentan más que en España y nosotras, que somos dos tapones, hacemos dudar de nuestra mayoría de edad a los gigantones rubios de este país.
Sacamos el pan, el salami, nos las bebemos. ¿Y ahora qué? Un paseo por el Danubio para acabar en la zona de bares “El triángulo de las Bermudas”. En una ocasión dije “Triángulo de las Verduras”, pero fue sólo porque se me cruzó un cable (cuando abra un restaurante vegetariano, lo llamaré así).

Creo que el primer bar al que entramos era de lesbianas. Lo digo porque sólo había hembras y NINGÚN hombre!
Después, fuimos a una discoteca de música ochentera. Clavada en cuanto al precio de las cervezas, vaya, pero divertido por ver a la gente bailando (aunque seguro que nosotras éramos las peores).

Como conseguimos no liarnos en demasía, al día siguiente pudimos ver la ciudad. Estuvimos en el famoso parque de atracciones en donde se rodó El Tercer Hombre y después, en el Palacio Belvedere, que no me pareció más que una pomposidad típica de Viena. Y cómo no, tuvimos que culminar la visita en los jardines de Schönbrunn, en donde Sisí paseaba entre bostezos. Bueno ella no sé si se aburría pero nosotras sí. ¿Por qué poner un jardín perfectamente segado, si luego te prohíben pisar el césped?
En fin, que Viena no me resultó muy interesante, seguro que tiene cosas buenas y curiosas, pero no las encontré. Sé que a mucha gente le encanta esta ciudad y que algunos pueden enfadarse conmigo por lo que he escrito; pero de eso trata un blog de viajes personal, de narrar las experiencias propias y no siempre tienen que ser buenas.
Ganesh tiene ganas de vivir emociones.

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