Alemania

Spreepark. Un parque de atracciones abandonado en Berlín.

La noria de Spreepark sigue girando sóla. El freno no esta puesto porque el viento podría derribarla.

Situado en un recodo del río que lleva su mismo nombre, el Plänterwald Kulturpark, más tarde rebautizado como Spreepark, fue un parque de atracciones que abrió sus puertas en 1969. Con una superficie de casi treinta hectáreas, estaba destinado a ser uno de los focos de diversión para la deprimida y encerrada población del Berlín oriental. Así fue durante veinte años, hasta la caída del muro. Después la historia nos deja un entramado de corrupción, narcotráfico e intereses privados que han dado por resultado el abandono total desde hace trece años del único parque de estas características que existía en la capital.

 

 

Esto debió ser un bar o un centro de recreo.

En 1989 cayó el muro y llegaron nuevos aires (de capitalismo, claro) a Berlín Oriental. Con ellos, el surrealismo también se adueñó del parque. Norbert Witte, un “empresario del espectáculo” alemán soñaba con hacer algo grande en el mundo de la feria. Tras la reunificación germana, Witte elucubraba con convertir el Plänterwald en el mayor parque de atracciones en la Alemania reunificada. El “Rey de los carruseles”, como le llamaban sus amigos, decidió invertir en el parque, al que llamó “Spreepark” y que, curiosamente, puso a nombre de su esposa.

Al principio todo va bien. Spreepark recibe en su punto más álgido casi un millón y medio de visitantes al año. El dinero sale a la misma velocidad que se ingresa, en constantes trabajos y cambios para mantener el parque atractivo a los visitantes. De hecho en 1999 una remodelación demasiado cara, la subida del precio de las entradas  y la obligación de reducir el número de plazas de aparcamiento para el parque en más de tres mil, dan la puntilla final al proyecto. La familia Witte se arruina. El número de visitantes cae constantemente y en 2002 el parque cierra sus puertas con sólo cuatrocientos mil visitantes y unas deudas que superan los once millones de euros. Pero Witte no está dispuesto a rendirse.

 

La atracción de las “aguas bravas” es una de las que quedó allí, abandonada a su suerte.

Ese mismo año, decide trasladar seis de las atracciones en veinte contenedores de barco a Perú. Witte miente al ayuntamiento de Berlín diciendo que lleva allí las atracciones para repararlas (porque todos sabemos lo chapucera que es la ingeniería alemana) y en un alarde de inocencia, el cabildo germano da el visto bueno. La realidad es que Witte lleva las atracciones a Perú para abrir “Lunapark”, su nuevo y flamante proyecto en la capital andina.

Al principio, en Perú, las cosas para la familia Witte van bien. Aunque su mujer es estafada hasta seis veces intentando encontrar una casa para toda la familia, los Witte se acomodan en una de las zonas más ricas de Lima y los trámites para abrir el parque parecen funcionar. No obstante, poco a poco van cayendo en la pobreza y Pia Witte se empieza a ver en problemas para alimentar a sus cinco hijos. Por otro lado la burocracia necesaria para poder abrir el parque comienza a ralentizarse y al final se paralizan los permisos. Las autoridades sólo dan su aprobación para sacar parte de las atracciones y así es imposible ensamblar el nuevo parque. Pia, harta, vuelve con cuatro de sus hijos a Berlín mientras Norbert y su hijo mayor, Marcel, se quedan para intentar arreglar la situación.

 

Una de las curvas por las que en tiempo, giraran los carromatos de las “aguas bravas”.

El cinco de Noviembre de 2003 cae el telón. Al ver que no podía cumplir sus expectativas de abrir “Lunapark”, Norbert vuelve a repatriar las atracciones a Berlín pero con premio gordo. Fue arrestado en la capital germana por intentar introducir ciento setenta kilos de cocaína en los mástiles de “la alfombra voladora” y condenado a siete años de cárcel, de los que cumplió  cuatro en una prisión de mínima seguridad. Su hijo corrió peor suerte porque fue detenido en Perú. Marcel sigue encerrado en una de las peores cárceles de Latinoamérica con veinte años de internamiento a sus espaldas en un sitio diseñado para albergar a quinientos presos, pero donde conviven más de tres mil. Cada mes, Pia Witte (divorciada) tiene que atender a un pago de mil doscientos dólares para cubrir el alquiler de la celda de su hijo y su protección.

 

El barco pirata y un carruaje de la atracción de los cisnes.

“Me involucré con bandidos, arruinado la vida de Marcel y destruyendo a nuestra familia”, dijo en una ocasión Norbert Witte al diario “Spiegel Online”. Se avergüenza de lo que hizo, pero  es optimista y está haciendo todo lo posible para traer de vuelta su primogénito a Alemania. A diferencia de la madre de Marcel, parece que Norbert no tiene problemas para dormir, disfrutar de la vida o salir. “La vida debe continuar”, dice. “Para soportar el dolor, hay que tratar de no pensar en ello”, dice, fumando un cigarrillo tras otro a pesar de sus seis ataques al corazón. Witte debe ser bastante bueno en no pensar en las cosas porque tiene a sus espaldas también el haber causado el peor accidente de la historia de Alemania en un parque de atracciones. En 1981 siete personas morían y quince resultaban heridas en un accidente en una feria de la que él era responsable en Hamburgo.

 

los dinosaurios de plástico son ahora objetivo de graffiteros.

Hoy Spreepark lleva trece años abandonado. El parque de atracciones se encuentra encerrado entre los límites de Treptower park, en el este de Berlín. Algunas atracciones permanecen allí mientras que las que se llevara Norbert Witte nunca fueron repuestas.  Para entrar hay que colarse saltando la valla y evitar encontrarse con los escasos guardias de seguridad puesto que es (era) propiedad privada. Como no hay cerca del parque ningún tipo de carretera ni avenida, el silencio que envuelve la zona se rompe sólo por el murmullo de los árboles, el canto de algún pájaro y los chirridos quejumbrosos de la noria, abandonada a su suerte y al viento. Un manto verde envuelve las atracciones, recordando que hubo mejores tiempos en los que los habitantes de Berlín oriental disfrutaban del mayor parque de atracciones de Alemania.

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Otro de los carros de la atracción de “aguas bravas”.

 

 

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