Escocia

DUNBAR, Escocia

 

Carlos, un chico de Madrid que se hospeda en el mismo hostel que yo en Edimburgo me comentó que tenía muchas ganas de hacer una excursión, pues llevaba tres semanas sin salir de la ciudad.

-¡Me apunto!

Al principio pensamos en ir a Cramond que es una isla a las afueras de Edimburgo a la que se puede llegar caminando cuando la marea está baja, pero vimos en Internet que la marea subiría a las dos de la tarde. Las autoridades edimburguesas están hasta el gorro de rescatar gente atrapada en la isla cuando sube la marea. De hecho, de no haber sabido este dato y que se podían comprobar las mareas en Internet, yo hubiera engrosado la lista de tontolabas que tienen que ser sacados.

Tras un rato de búsqueda nos decantamos por Dunbar. Una pequeña localidad pesquera a media hora de la capital escocesa (9 £ i/v en tren).

Lo primero que hicimos fue ir a la oficina de turismo.

-¿Qué se puede visitar aquí?
-El castillo y un camino que llega a una playa enfrente de un atolón. Ya está.

Comenzamos en el puerto y encontramos el castillo o lo que queda de él.

-Esto debe ser un monumento derruido.
-¿Cómo es un monumento “de ruido”? ¿Una pandereta gigante?
-Estás como un cencerro.

Las ruinas del castillo de Dunbar son los restos de lo que fue uno de los más poderosos castillos de Escocia. Las ruinas se encuentran en un estado tan precario y peligroso que no se permite el acceso, ya que parte de éste se ha hundió en el mar en 1993. Mejor verlo de lejos.
Es tan antiguo que probablemente la primera piedra la puso el Conde de Dunbar en 1070.

El castillo de Dunbar fue atacado sin éxito por los ingleses en 1214, pero Eduardo I tuvo mejor suerte en 1296. Ésta no fue la última vez que el castillo ha sido asaltado, lo que le ha producido graves daños. Desde entonces ha sido asaltado y reconstruido en numerosas ocasiones hasta que en 1567, la reina María de Escocia fue llevada al castillo de Dunbar por el Conde de Bothwell (tras secuestrarla), el mismo año se casaron. La reina abdicó y el Parlamento escocés ordenó la destrucción de un castillo.

Junto al castillo hay unas rocas repletas de gaviotas que sacan el culo para apuntar sobre los turistas,
Parecía un videojuego en el que los tranquilos lugareños no participaban, resignándose a recibir misiles-caca de tamaño descomunal. Nosotros corríamos de lado a lado evitando ser bombardeados por estas delicadas criaturas. Conseguimos salir ilesos, pero fue una tarea complicada.

Hicimos caso a la señora de la oficina de turismo y tomamos el camino que va por la costa hasta el atolón. Es fácil encontrarlo. Atravesamos playas rocosas y algún campo de golf. El paisaje era tan bonito que me recordaba a un fondo de pantalla de Windows –creo que estoy demasiado enganchada al ordenador-.

 

Y llegamos a la playa. Para alcanzarla nos quitamos las zapatillas y atravesamos un riachuelo que cubría hasta los tobillos. Pasamos el resto de la tarde en la playa. Demasiado tiempo como para no acordarse de lo que ocurría aquí con las mareas.
¡Cisnes en el mar!

 

Cuando quisimos volver nos encontramos con que el simpático riachuelo se había convertido en un señor pantano. Carlos lo cruzó y el agua le cubrió hasta los pezones. Yo soy mucho más baja, así que era inevitable que me empapara entera. Eso no sería un problema si no llevara una cámara de fotos que valía más que yo.
Solución: llevarme en corderetas hasta un puente que, aunque comienza en medio del pantano, termina en la otra orilla –lo cual no significa que no me mojara entera, pero la cámara sobrevivió, que es lo que importaba-.

Los lugareños debieron pasarlo bien viéndonos. A pesar de las gaviotas y las mareas; conseguimos pasarnos el juego.

 

 

Como curiosidad -y aunque sólo tengan en común el nombre-, El número de Dunbar es, según el antropólogo Robin Dunbar, la cantidad de individuos que pueden desarrollarse plenamente en un sistema determinado. Dunbar teoriza que este valor es de aproximadamente 150 individuos.

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