Moldavia

TRANSNISTRIA, Un país desconocido

Transnistria es, sin duda, el lugar más curioso de Europa que he conocido. Un país inventado que se ha convertido en el mayor museo al aire libre. Su visita puede parecer un viaje en el tiempo hacia la Unión Soviética. ¿Cómo algo así permanece tan desconocido en Europa?

Fuimos a la estación central de buses de Chisinau y compramos dos tickets de ida a Tiraspol, la capital de Transnistria (65 Leus moldavos, unos 3€). Adquiriríamos la vuelta en el destino.
En el interior del estrecho autobús había un taco de papeles: se trataba de los formularios de visado que había que rellenar para entrar en el imaginario país. Aunque Transnsitria pertenezca en la teoría a Moldavia, los ciudadanos de Moldavia también tienen que presentar este documento.
Habíamos separado 70 Leus, lo equivalente a 3’5€ porque Sanda, mi amiga moldava, nos dijo que aunque no había que pagar nada en la frontera, en caso de que nos exigieran dinero, no debíamos soltar más de 3€.
Teníamos bastante miedo: habíamos escuchado muchas historias de viajeros a los que les habían exigido 50€ y corre el rumor de que un japonés llegó a pagar 200€ (estas leyendas se ceban siempre con nipones).
Al lado de nuestros asientos, viajaban dos pasajeros suecos: Conny era un cantante de ópera y Mikael era guitarrista de un grupo heavy. Ambos habían sido, como nosotros, más atraídos por los lugares raros que por los destinos turísticos “bonitos”.

El autobús arrancó, comenzamos a atravesar la ciudad de Chisinau pero no llegamos a salir de ella porque el vehículo se estropeó. Salimos de él y esperamos en la calle a no se qué, porque nadie nos explicaba nada. Otro autobús vino a recogernos al cabo de un rato y continuamos nuestro viaje a uno de los últimos reductos soviéticos de la tierra. Ya no había vuelta atrás y el hecho de que no pudiera ver nada por las ventanas del vehículo añadía un toque de intriga al viaje.
Llegamos a la temida barrera que separa Moldavia con Transnistria.
Atravesar fronteras por tierra me ha resultado siempre bastante curioso. Normalmente hay un puesto de control cubierto por policías del país que se deja atrás, seguido por una tierra de nadie (en donde me he encontrado Duty Frees y Casinos) que termina en otra línea flanqueada por los policías de la nación en la que pretendes entrar; y éstos casi siempre tienen más cara de perro.
A pesar de no salir en los mapas convencionales, esta frontera era igual que otras en cuanto a los elementos mencionados excepto porque en el lado transnistrio había carros de combate camuflados y vehículos blindados apuntando a la zona de Moldavia.
Un soldado subió al vehículo y recogió los pasaportes con sus formularios de visado de todos los pasajeros. No pude evitar mirar la hoz y el martillo de su gorra.
Al cabo de unos cinco minutos volvió a entrar a nuestro autobús para devolver los pasaportes a cada uno. Todo marchaba con normalidad hasta que señalando con el dedo dijo: “Tú, tú, tú y tú, ¡abajo conmigo!”
Efectivamente, los pringados que teníamos que realizar un proceso más largo para obtener el visado éramos Conny, Mikael, Jarris y yo.
Le seguimos hasta el puesto de control, mientras yo sufría la misma sensación que cuando me presenté al examen que determinaba el posible fin de mi carrera universitaria.
Nos miramos todos durante unos eternos segundos hasta que posé mi pasaporte en el mostrador. A partir de ese momento estaba en manos de las autoridades transnistrias pues aquí los extranjeros no tienen ninguna protección diplomática. Al ser un estado no reconocido internacionalmente, ningún país tiene delegaciones diplomáticas en el territorio.
La mujer llevaba un uniforme de policía poco práctico. Zapatos de tacón, falda ceñida de tubo y, cómo no, una gorra que muestra una hoz y un martillo.
Estuvo un rato hablando en ruso con su compañero de mostrador. Sólo entendía la palabra “spansky”. ¿Estarán deliberando cuánto dinero sacarme?, ¿tienen tarifas según los países? Había leído tantas experiencias personales en la frontera moldavo-transnistria, que me imaginaba lo peor.
Los minutos pasaban lentos, mientras nuestro autobús seguía anclado en la frontera a medio camino. Pensé en los pasajeros moldavos que seguramente se llevarían las manos a la cabeza cada vez que tenían que viajar con un extranjero, lo que hacía que el viaje siempre se alargara.

Bajó el conductor a dar prisas a estos funcionarios. Se entendía lo que decía porque hacía muchos gestos muy obvios: señalaba a su reloj de pulsera, señalaba a su autocar…
Ella asintió con el rictus más serio que pudo. El conductor se fue y la mujer seguía sin devolverme el pasaporte; pero para entonces ya tenía en su poder los cuatro valiosos pasaportes europeos.
El conductor volvió a bajar del vehículo y me alegré de que no nos hubiera abandonado –podría perfectamente haberlo hecho-; esta vez se encontraba bastante exasperado.
En su presencia, nos entregó los documentos en regla y no nos pidió ningún soborno. Desconozco si actualmente las autoridades transnistrias habían dejado de aplicar su abuso de poder o si nuestro conductor con prisas actuó como un catalizador en nuestro favor. Lo único que sé, es que todo funcionó correctamente.
Ahora podíamos respirar tranquilos, más o menos. Guardé mi pasaporte como oro en paño porque si lo perdía, podía terminar atrapada como Tom Hanks en la película de La Terminal.

Por si acaso, había escondido también mis cámaras (llevaba una compacta y una réflex) no sólo para que no piensen que de mí  en la frontera se podía sacar una buena tajada en forma de sobornos, sino porque aquí no está bien visto sacar fotos. Todas las que salen en este artículo las he hecho deprisa para no llamar la atención.

Habíamos entrado en la autoproclamada República Socialista Soviética de Transnistria pero aún quedaba un rato para llegar a la capital, Tiraspol. Un “país” de un tamaño y población parecidos a Cabo Verde, pero desconocido por la mayoría de la población mundial.
Lo primero que nos encontramos fue el río Dniéster, que hace de frontera natural entre la República Moldava con la Transnistria. Ésta se encuentra en la parte oriental y fue el escenario de una sangrienta guerra civil en la década de 1990 cuando declaró su independencia de Moldavia, derrotando a las fuerzas moldavas en la guerra de Transnistria; gracias al apoyo de contingentes de voluntarios rusos, ucranianos y cosacos, y por el 14º regimiento del Ejército Soviético.

En la ciudad me encontré éste escudo que claramente simboliza a Moldavia con un racimo de uvas y Transnistria caracterizado por su industria, separados por el río Dniéster.

Pero el escudo del “país” es éste, como si su economía se basara en la inocente tarea del cultivo los cereales y vid, cuando la realidad dice que la mayor parte de su economía se mueve entre la venta ilegal de armas (de la vieja maquinaria militar soviética), la trata de blancas, la extorsión a personas que tratan de abrir negocios en el territorio y el blanqueo de dinero.

El salario promedio se acerca a 100 dólares al mes y desbancaría a Moldavia como el país más pobre de Europa. Además se cree que la región está dominada por una persona, el sheriff, Viktor Gushan, aunque puede que el propio presidente desde 1990 Igor Smirnov esté también detrás de todo esto.
El Sheriff tiene una mano en casi todo, desde el hotel de lujo de varios millones de dólares hasta el estadio de fútbol en las afueras de Tiraspol (hasta hace muy poco, el único estadio de fútbol con la categoría de “cinco estrellas” en Moldavia). Aquí hay una minoría con mucho dinero.
Dicen que, con el fin de iniciar un negocio en Transnistria, tienes que hablar con el sheriff. Pero obviamente, no lo he podido comprobar.

El autobús nos dejó en la estación y fuimos a comprar el tícket de vuelta, pues sólo teníamos visado para un día y no queríamos tener problemas. Los carteles estaban en cirílico puesto que los idiomas oficiales son: el rumano en alfabeto cirílico –en Moldavia se escribe con el alfabeto latino-, el ruso y el ucraniano. Las etnias moldava, rusa y ucraniana se dividen casi a partes iguales. Compramos el último bus del día para estar el mayor tiempo posible, aún sabiendo que si lo perdíamos, nos metíamos en un buen lío porque habría que volver a la frontera.

Partimos rumbo al centro de Tiraspol. Llamaba la atención lo descuidados que estaban los parques y las calles. Los toboganes estaban oxidados, los columpios rotos; los parques infantiles parecían hechos para matar niños.
Puede que el tiempo se hubiera parado en la URSS, pero las plantas habían seguido creciendo ajenas a todo.

En contraste con esa jungla urbana, nos encontramos la calle Ulitsa Oktober, en donde están la mayoría de los atractivos “turísticos”. Una avenida demasiado ancha para el escaso número de vehículos que por ella circulan. Me recordó a algunas fotos que había visto de Corea del Norte.

Lo primero que hicimos fue cambiar dinero en el banco, ya que aquí sólo se acepta el rublo de Transnistria (1 EUR = 11,61 rublos de Transnistria). Al carecer del código ISO 4217, esta moneda no tiene ningún valor fuera de sus fronteras. Me podrían haber dado billetes del Monopoly y sería lo mismo.

Al principio como moneda legal se utilizaban los billetes de la Unión Soviética y la Federación Rusa de los años 1961 – 1992 con un sello especial en forma de un retrato de Aleksandr Suvórov. Sólo a partir de 1994 se introdujeron los rublos de Transnistria y no fue hasta finales de 2005 cuando se inauguró la Casa de la Moneda en Tiraspol. Antes, el dinero se acuñaba en el extranjero.

Fuimos a la plaza principal, la plaza Constitutii, en donde habíamos quedado con los suecos que habían ido en busca de un hostal. Por el camino dos personas me preguntaron la hora, y una de ellas, además, quería que le diera dinero. Pero lo más sorprendente fue toparme con una minúscula embajada de Abjasia, otro país no reconocido.

Las georgianas repúblicas de facto Ossetia y Abjasia, junto con Nagorno Karabaj (Azerbaiyán), son los únicos territorios que reconocen Transnistria como una nación independiente de Moldavia. Un país que sólo está contemplado por países no reconocidos, no existe. No sólo la comunidad internacional la rechaza sino que los miembros del Soviet Supremo que dirigen Transnistria, tienen prohibida su entrada en la Unión Europea, incluido el presidente, Igor Smirnov. Pero ellos se lo montan para funcionar como un Estado independiente, con sus propias leyes, moneda e instituciones.
Y sus propias matrículas de coche.

En el extremo occidental de Ulitsa Oktober se encuentra un tanque soviético blindado en el que se puede leer en ruso “Por la patria”.

Detrás se encuentra el Cementerio de los Héroes con su tumba del Soldado Desconocido en memoria de quienes murieron el 2 de marzo de 1992 durante el primer brote de los combates. También hay un monumento a la guerra afgana.

Junto a este monumento visitamos El Museo Nacional de Tiraspol (oktober Ulitsa 42, 0’2€) que contenía una exposición centrada en el científico Nikolai Dimitriovich Zelinskogo, quien fundó la primera escuela soviética de Química. En realidad parecía ser la casa en donde vivió y realizó sus experimentos y exponen sus máscaras de gas que fueron utilizadas por los ejércitos rusos y aliados durante la Primera Guerra Mundial.

En lo que se asemejaba a una sala de estar había un piano con unas partituras. Conny, debido a su deformación profesional, se puso a cantar con su potente voz de barítono. La babushka que se encargaba del museo se echó a reír. En todo el rato que llevábamos en Tiraspol, no había visto a nadie sonreír.

Enfrente se encuentra el Palacio Presidencial, desde donde Igor Smirnov gobierna su mimi-imperio; con una estatua de Lenin delante. Está prohibido sacar fotos de edificios oficiales…

Fuimos en busca de comida, algo no muy sencillo en un lugar con muy pocos comercios. Finalmente encontramos un pequeño establecimiento que albergaba sólo dos mesas. Tenía una nevera-mostrador con ensaladillas de dudosa comestibilidad. Señalé a la ensalada y a unos bollos empanados que podían contener cualquier cosa en su interior: es lo que yo llamo “bollos sorpresa del Este”. Para beber compré una cerveza que no indicaba su procedencia.
Pagué con billetes y la empleada me devolvió, junto con un vaso de soda de sifón, unas monedas con símbolos comunistas.

Un paseo por Tiraspol:

La Casa de los Soviets, con el busto de un Lenin enfadado. Probablemente, el edifico que mejor se mantiene.

-La estatua de Suvorov en la plaza Constitutii. Símbolo de la victoria contra los otomanos.

El Palacio de la República, un poco hacia adentro al sur de la calle principal entre Ulitsa Kotovskogo y Ulitsa Kommunisticheskaya.

-El Teatro Drama, junto a la Universidad, fundado en 1930.

Nos habíamos acostumbrado a cruzarnos con militares solitarios, a que la gente nos observara con curiosidad, a ver carteles que bien podrían estar en un museo sobre el comunismo. Pero de pronto Tiraspol nos volvió a impresionar.
Íbamos a cruzar la calle a la altura del teatro, pero de pronto los cuatro policías situados en aquel cruce, interrumpieron sus actividades para realizar al unísono el saludo militar. Cortaron el tráfico para que un cochazo con la matrícula 0001, banderines de Transnistria y lunas tintadas se hiciera paso delante de nosotros, seguido de otro auto oficial, éste con banderitas rusas en su capó. Ambos iban protegidos por soldados motorizados.
No hace falta pensar mucho para saber quién es el número uno de Transnistria.

El ministerio de Asuntos Exteriores español recomiendo no ir a Transnistria. Esto es lo que indica en la página oficial:

Zonas de riesgo (deben ser evitadas)
Debe ser evitada la zona situada al este del río Dniester, conocida como región de Transnistria, por tratarse de una zona fuera del control de las autoridades de la República de Moldavia desde su secesión “de facto” producida en 1990.

Zonas de riesgo medio
Zonas sin problemas
El resto del país.

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