Moldavia

CHISINAU, Moldavia

El viaje de Odessa a Chisinau fue duro. En el autobús hacía mucho calor y tardamos un buen rato en cruzar la frontera de Moldavia.
De pronto la carretera era un auténtico desastre: baches, curvas y animales incordiaban en la calzada. Estaba claro que era mejor mirar hacia los lados, pues estábamos atravesando los campos de girasoles más grandes que he visto en mi vida; miles de flores amarillas idénticas se perdían hasta el horizonte a lo largo de kilómetros y kilómetros.
Los primeros en saludarnos al entrar en Chisinau fueron unos bloques de viviendas gigantescos y tristes, típicos de las ciudades soviéticas. En los años 50 la población comenzó a crecer y las autoridades respondieron con la construcción de estos conjuntos habitacionales estalinistas bajo el lema “bueno, barato y rápido de construir“.
Llegamos a la estación de buses y fuimos directos a comprar el ticket para Iasi.

Los destinos internacionales se pueden adquirir en el edificio grande de la estación. Las casetas son sólo para viajar a ciudades moldavas. Pregunta siempre desde que estación saldrá vuestro autobús, pues aunque adquieras el boleto en una, puede que salga desde otra estación -Hay tres estaciones-.

Tomamos un autobús urbano (0,20€) para ir al hostal que habíamos reservado: el Chisinau Hostel (9€ la noche compartiendo habitación).

Se entra al edificio por la puerta de la derecha; la de la izquierda es la vivienda de una familia y muchos nos confundimos. Debían estar bastante hartos de que llamaran al timbre mochileros despistados, así que ahí lo dejo: puerta de la derecha, puerta de la de-recha

Avisé a una amiga moldava para que viniera a buscarnos. Sanda y yo nos conocimos en Alemania porque hicimos Voluntariado Europeo durante casi un año. La chica hablaba seis idiomas, entre ellos el español; lengua que decía no haberle costado mucho aprender porque se parecía a su idioma materno: el rumano.
Le hice una foto mientras hablábamos en las escaleras del hostal y mirad lo que salió de fondo.

Para ir a la calle principal, Stefan cel mare, cruzamos primero una carretera elevada (con agujeros en la acera, desde algunos de los cuales, se podía ver el suelo a bastantes metros de altura). A los lados había casas dispuestas de una manera un tanto desordenada.

Por el camino, Sanda nos iba contando cosas sobre Moldavia. Que no le importaría anexionarse con Rumanía, al fin y al cabo, comparten idioma e historia. Que las chicas acostumbran a ir con minifaldas y taconazos. Que no hay dinero para arreglar las carreteras que van a Chisinau y que por eso habíamos ido por un camino de cabras. Que qué raro se le hacía volver a verme, esta vez, en Moldavia.

La avenida Stefan cel Mare me pareció bonita, aunque las raíces de los árboles levantaban las aceras y había que tener cuidado de no caerse. Me gustaron los pasos de cebra con forma de teclado de piano.

En el centro de la ciudad vimos el Parlamento con su amplia plaza, según Sanda, para que la gente pueda manifestarse.
Enfrente se pueden ver el Arco de la Victoria (foto inicial con Ganesh) y la catedral ortodoxa Naşterea Domnului.
Chisinau no tiene casi parte vieja porque entre la Segunda Guerra Mundial y un fuerte terremoto, no quedó piedra sobre piedra.

Un poco más adelante estaba el lugar en donde mi amiga se fumaba las clases, el Parque Central. En su entrada hay un monumento a Stefan el Grande de Moldavia y junto a éste, un parterre de flores con una forma curiosa.

Chisinau es una de las ciudades europeas con más zonas verdes. Sus parques no es que sean muchos, sino que son bastante grandes.
En éste, había un pasillo dedicado a los escritores moldavos, representados cada uno con un busto.

El centro de la ciudad no es muy grande, con unas horas es suficiente para ver la mayoría de las cosas importantes. Como por ejemplo, el museo de Historia, con una estatua de la loba amamantando a Rómulo y Remo que volvería a ver en más ciudades de Rumanía.

Terminamos el tour en el colegio francés en donde estudió Sanda.
Hacia las diez de la noche nos despedimos porque se tenía que ir a trabajar. Sanda es una empleada de una empresa americana que se ha “deslocalizado”, es decir, contrataba gente de países menos favorecidos con el fin de aumentar la rentabilidad. Su puesto: telefonista en inglés. A causa de la diferencia horaria, tenía que trabajar durante la noche, pero aseguraba estar contenta porque le pagaban bien.
En Moldavia el sueldo medio es de 100€, lo que le hace el país más pobre de Europa y, en mi opinión, el más ignorado.
Me contó que echaba mucho, mucho, mucho de menos Alemania.

Jarris y yo paseamos por el parque de la catedral y descansamos los pies sentados en un banco con una cerveza Chisinau. Esta cerveza me gustó especialmente. Qué pena que no la vendan aquí.

Fuimos bastante cándidos pensando que habría algún lugar abierto para cenar. Aquí cerraban los establecimientos temprano, pero había una cadena de restaurantes que abría hasta más tarde: el Andy’s pizza (Calles Asachi 54 y Dacia 16). Aquí nos zampamos por 11€ dos pizzas grandes, una ensalada César, dos cervezas de medio litro y un botellín de agua.

La terraza estaba muy animada con gente joven; desde la cual podíamos ver el Teatro Nacional.
De pronto, un coche irrumpió en la plaza y se puso a hacer trompos.

Como aún hacía buen tiempo, fuimos a otra terraza a tomar otra Chisinau. Por su aspecto, el bar parecía un lugar caro. Tenía una amplísima terraza con piscina y una gran pantalla de leds que mostraba imágenes de Rusia de National Geografic. La cerveza de medio litro costó 1€.

Como al día siguiente nos esperaba una jornada dura, fuimos al hostal. Varios viajeros que conocimos en Odessa estaban en la cocina hablando sobre sus viajes.

Parece que Sanda va a cumplir su sueño: vivir en Berlín. Me alegro por ella pero no por la situación del país: la diáspora moldava es tal, que la población se está envejeciendo, mientras los jóvenes se van en busca de trabajo a Europa.

Próxima entrada: Transnistria, el último reducto soviético en la tierra.

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