Perú

El Oasis de Huacachina, Perú

Ganesh en Huacachina

El oasis de Huacachina es la típica imagen que te recreas en la mente cuando piensas en este tipo de accidentes geográficos, un lugar tan bonito e idílico que esta laguna en medio del desierto de Perú rodeada de palmeras se incorporó como tema del reverso del billete de 50 Soles. Pero además, aquí se pueden practicar curiosos deportes como el “sandboard” –surf en las dunas- y los pocos lugareños te hablarán de la misteriosa leyenda de la malvada sirena durante tu estancia.

Oasis de Huacachina en el billete 50 soles

Llegamos a Huacachina en un minibús desde Paracas con una breve parada en la cercana Ica. El trayecto no debió de durar más de una hora, súmale que a estas alturas del viaje ya había aprendido a dormirme con la postura de un cuatro, por lo que tuve la sensación de haberme teletransportado del pueblo de los pingüinos y los leones marinos, al oasis de palmeras con un denominador común, las gigantes dunas de arena.
Ya teníamos en mente el hostal al que íbamos a acudir, la Casa de Arena, porque ahí habíamos quedado con los compañeros de habitación que tuvimos en Paracas (un sueco con aspecto de Johnny Bravo, un catalán residente en la Isla de Pascua y un indio de Pune que estaba haciendo un recorrido en bicicleta desde el Polo Norte hasta el Polo Sur). Cuál fue mi sorpresa que, por sólo 15 soles por persona -unos 4’5€-, íbamos a dormir en un hostal con piscina, ¡con piscina! Con el calor que traíamos, os aseguro que nunca me había hecho tanta ilusión ver esta masa de agua, aunque luego nos bañaríamos más en la laguna verdosa –o color esmeralda, que dicen algunos cursis-.

Oasis de Huacachina

Salí a comprar agua a la tienda de ultramarinos de al lado, y la tendera me comentó que tuviéramos cuidado si nos dábamos un chapuzón. Una sirena, al estilo Piratas del Caribe, atrapa cada año en el fondo de la laguna a una persona que no sea nativo de Ica o Huacachina. Como en lo que llevábamos de 2012 no había desaparecido ningún bañista, no debíamos alejarnos mucho de la orilla. Además, las víctimas solían ser hombres, pero últimamente la sirena ya no hacía distinción de género. Y según éste chico, tampoco le importa ya la procedencia de aquel que ose bañarse en el oasis.

Si bien, la gente parece seguirte el rollo cuando preguntas por esa historia, nunca te queda claro si te están tomando el pelo o no. De todos modos, la leyenda de la sirena hace también referencia al origen mismo del oasis.
Mucho antes de que llegaran los conquistadores españoles, una hermosa doncella desconsolada por la pérdida de su amado, venía desde Tacaraca para cantar tristes canciones a la luz de la luna llena. Un cazador se acercó una noche para poder observarla atraído por sus hermosos cantos pero ella sintió tanto miedo que salió huyendo. Su vestido blanco quedó enganchado en una rama y el espejo que siempre llevaba consigo cayó al suelo formando una laguna. Al no encontrar un lugar por el que huir, ella se metió en el agua y se convirtió en sirena. Dicen que a media noche, cuando hay luna llena, la sirena sale a cantar sus cantos tristes y que cada año, una persona que no es del lugar, muere ahogado en la laguna, especialmente hombres debido al cazador.

 Huacachina antigua

Balneario de Huacachina

Está bien, tendremos cuidado –le dije a la dependienta-.
Como suelo hacer en los hostales, pedí un mapa del lugar para orientarme mejor. El mapa cabía en una tarjeta de visita porque Hucachina no es más que el oasis y un par de calles. Fuimos a comer a uno de los restaurantes que se encuentra en sus orillas, concretamente al que no tenía carteles en inglés, lo cual suele ser en Perú un indicativo de precios más bajos. El paseo era bonito, su arquitectura recuerda al pasado glamuroso que tenía el lugar como centro de diversión de la clase alta del país, que hoy en día no es mucho más que un lugar para mochileros con ganas de pasarlo bien. En eso no os voy a mentir, Huacachina no tiene mucho interés cultural ni antropológico, pero para disfrutar de un par de días relajados, está más que bien.

Desierto Huacachina

Aquel día no hicimos mucho más, probamos la bebida típica, el Pisco y nos echamos a dormir agotadas antes de la medianoche. Motivo por el que no pude ni felicitar a mi compañera de viaje Ana por su cumpleaños hasta el día siguiente. Vaya par de abuelas.

Calle de Huacachina

Comenzar el día con un desayuno completo, leyendo los emails y dándose un chapuzón en la piscina es cuanto menos, mi idea de vacaciones. Pero como “la cabra tira pal monte”, cambiamos nuestro lugar de baño por la laguna, que para algo estábamos en un oasis natural y no en un resort. Además, se supone que sus aguas tienen propiedades curativas, por lo que en los años 40 se convirtió en un balneario de alto standing; pero hoy en día el nivel de agua ha descendido medio metro y huele un poco mal, todo hay que decirlo. Mientras nos bañábamos,éramos sorprendidas por alguna corriente de agua fría, que quizá sea enviada por la malvada sirena. Además, ese día tocaba luna llena.

Vehículos del desierto

Y por fin, por la tarde hicimos la actividad más típica de Huacachina, ir a surfear las dunas, o lo que es lo mismo, practicar “sandboard”. Por  30 Soles (unos 9€) se pueden contratar este tipo de excursiones en cualquier hostal o agencia de viajes del pueblo. Primero nos llevaron en unos “areneros”, los buggies del desierto, a toda velocidad por encima de las dunas. Para mí, el viaje en estos vehículos fue incluso más emocionante que la práctica misma del sandboard, pues no tenía nada que envidiar a cualquier montaña rusa. Desde lo alto de las dunas, los más hábiles conseguían bajar de pie sobres las tablas y otros simplemente nos tumbábamos en ellas boca a bajo, alcanzando gran velocidad hasta el pie del montículo. Ni qué decir que cuando volvimos de esta aventura tenía arena hasta en los dientes.

 Por la noche hubo cena y sarao en el hostal. A Ana se le ocurrió decirle al camarero que aquel día cumplía años. Sin pensarlo más de un segundo, éste se subió a la barra y le hizo un striptease para vergüenza suya y estupefacción del resto de los huéspedes. Por mi parte, maldije todo aparato electrónico porque justo en aquel momento estelar, mi cámara de fotos, no quiso grabar la escena. La arena, una vez más, había hecho de las suyas.

Ines en Huacachina

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