Hungría

BUDAPEST, Hungría

A modo de introducción: Budapest, la capital de Hungría, cuenta con 2,38 millones de habitantes (en su área metropolitana). La ciudad de Budapest es el resultado de la unificación en1873 de las ciudades de Buda y Óbuda, en la orilla derecha, con Pest, en la orilla izquierda.

Una ciudad color “gris lamento”, en el que sus amables habitantes te recuerdan lo grande que fue su nación, y lo pequeño que se ha vuelto el territorio de su país. No es para menos, porque Hungría perdió el 70% de su territorio que pasó a los nuevos estados centroeuropeos.
Vivieron la Primera Guerra Mundial, que causó muchas bajas, y la Segunda; con invasiones nazis y soviéticas. Vamos, que siempre han participado en la guerra, del lado de los perdedores. (Resumiendo mucho).

Hasta el año 1991, era comunista y se unió a la UE en 2004.

Pues bien, quedamos con Peter, un couchsurfer que había conocido por Internet –couchsurfing es una red mundial de gente que presta su sofá-. Cuando nos vino a buscar a la parada de metro más cercana a su casa, yo no lo reconocí porque se había dejado barba. Él no supo, hasta al cabo de un buen rato, con quién de nosotras había hablado por la red, porque las dos nos llamamos Inés. Cuando le di el te nepalí que me pidió que le trajera de Kathmandu, todo quedó más claro.
El mozo vivía con su novia, Kyra, más maja que las pesetas. Nos dejaron una habitación y nos llevaron de fiesta con ellos, para romper el hielo.

Nos sorprendió ver gente sobada por el exceso etílico a las 10 de la noche.
Nos sorprendió ver un botellón tan grande (ellos le llaman picnic).
Nos sorprendieron las pintas que llevan los húngaros, con esos sombreros de copa.
Nos sorprendió lo inteligible del idioma húngaro y eo poco inglés que sabe la gente.
Nos lo pasamos bien.

Al día siguiente, nada mejor que reponer fuerzas en uno de esas maravillosos baños termales húngaros. Fuimos a los baños recomendados por Peter, los más grandes y típicamente húngaros. Hay gente que se confunde y se va a la piscina gay, pero no fue el caso.

Antes de entrar nos tomamos una cerveza los tres y hablamos de cine húngaro y español. Me dijo que le había gustado “Torrente”, (¡claro que sí!)

Nos adentramos en los lujosos baños y no salimos hasta al cabo de cuatro horas. Para qué irse de un lugar con innumerables piscinas, cada una de ellas con una función terapéutica diferente, hidromasajes, piscinas con corrientes (te puedes pasar un rato arrastrada dando vueltas) y señores sumergidos jugando al ajedrez. Unos baños sanadores que me repararon del cansancio que traía de la India, me quitaron los dolores… En fin, imprescindible visita, si se viaja a Budapest (la mayoría de los baños termales de Hungría, están en la capital).

Al día siguiente, como Kyra tenía que trabajar, y Peter no tenía ninguna obligación; nos llevó amable y pacientemente a ver la ciudad. Vaya pateada, pero una pateada con gusto.

EN PEST:

Plaza de los héroes. Esculturas que representan a todos los reyes que ha tenido Hungría, que son muchos. Uno de ellos, que era muy listo y estaba retratado junto a una pila de libros; otro salía con ropas poco convencionales para un rey, porque solía salir del palacio a conocer al pueblo húngaro, etc.

Tras esto, dimos un paseo por la majestuosa avenida, en donde se encontraban las embajadas y los domicilios de diplomáticos.
Pequeña parada en un bar de abuelos para tomar un chupito de la típica bebida húngara: el Palinka.
¿Qué más vimos en nuestro recorrido? El castillo de Vajdahunyadei, la Ópera Nacional, La Basílica de San Sebastián y cómo no, el Parlamento, el edificio más conocido de Budapest y no es de extrañar. Ganesh se hizo una foto con él, juzguen y vean.

Para ir a la otra parte de la ciudad hay que cruzar en anchísimo Danubio. En medio hay una isla, la Isla Margarita, que sólo vimos desde el famoso puente de las cadenas. La gente va a la isla a correr, pasar el día echándoles migas a los patos, etc.

EN BUDA:

El Palacio Real, para el que hay que subir una montañita; La Iglesia Matias y El Bastión de los Pescadores, un lugar de cuento de hadas. Se trata de una serie de miradores, desde donde se ve el Parlamento. Conviene perderse por la calles con adoquines de alrededor.

Culminamos la visita, ya de noche, subiendo a una colina desde la que se observa toda Budapest.
Esa noche tuvimos cena húngara. Conversaciones en english, unas tortitas con una especie de queso quark con pasas y una bebida muy alcohólica que se bebe caliente. Y da mucho sueñete.Con lo difícil que es el idioma húngaro, nos enseñaron un trabalenguas que ellos casi no pueden decir de lo complicado que les resulta. “Jameikan jameikan jaké” Para nosotros es muy fácil y se maravillaron de que pudiéramos decirlo sin parpadear (En cambio, “hola, ¿qué tal ?” en húngaro soy incapaz de pronunciarlo). El problema para ellos radica en que les cuesta decir el sonido “Y” o “LL”.
El día siguiente hicimos un tour un poco tétrico. Primero estuvimos en un cementerio enorme y precioso. Todas las lápidas eran esculturas o mausoleos. Todo ello con vegetación de los colores propios del otoño, lo que le daba un aire muy melancólico.

Apenas había visitantes.

Tras esto, nos metimos en el museo del terror, un buen lugar para aprender la terrible historia reciente de Hungría. Música inquietante, un tanque soviético, testimonios de víctimas, reconstrucciones de oficinas nazis y de celdas en el sótano. Todo ello con hojas en inglés a cada estancia, porque en húngaro no nos enteraríamos de nada.
También quisimos quedar bien y devolvérsela a nuestra parejita húngara con una spanish cena. Salmorejo, lomo que había traído Inés y sangría. Hicimos el salmorejo sin batidora eléctrica, toda una hazaña muy rústica. La sangría, ya se sabe, le eches lo que le eches, siempre queda bien. Y quedó de maravilla.

Esa noche nos llevaron a una fiesta en una residencia de estudiantes. Yo que estaba acostumbrada a las carcelarias residencias de Pamplona, flipé en colores. Lo que nos encontramos fue una gran sala con música y jóvenes poniéndose finos. Nos llevamos la sangría, que fue muy codiciada y estuvimos bebiendo de to, vía trueque. Un chico se había cortado con unos cristales y mientras le curaban, se partía de risa.
Pero nadie bailaba.
Allá vamos, salimos las dos a intentar imitar esos bailes húngaros; los demás nos siguieron y acabó siendo una fiesta bastante graciosa.
Los bailes que queríamos imitar son los siguientes:

Los húngaros beben mucho, de verdad. Incluso en una ocasión, desayunamos un café en un bar a las 9 de la mañana y nosotras éramos las únicas que no estábamos bebiendo cerveza.
Aquí un vídeo de la vuelta en el bus, y eso que era un simple martes.

Budapest me gustó demasiado. El encanto de sus amplias calles, con majestuosos, pero al mismo tiempo destartalados edificios. La imagen de un imperio que fue, y ahora sus gentes lo recuerdan con nostalgia.
Pero sobre todo, la amabilidad y simpatía de los húngaros, especialmente, de aquella pareja que nos abrió las puertas de su casa.

Ganesh quiere volver a Budapest -cosa que haría dos años después-.

Entradas relacionadas

6 comentarios

Deja un comentario

Comentario: Puedes usar las siguientes etiquetas: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>