Marruecos

CHAUEN, Marruecos



A comienzos de este año y sin saber cómo había llegado hasta ahí, me encontraba sentada en el suelo, una brisa fría me señalaba hacia las montañas y unos niños me clavaban sus ojos negros con curiosidad y me preguntaban cosas que no entendía. Frente a mí un minarete color tierra y unas nubes bajas que tapaban en parte una colina. Noté un tirón y vi una chica correriendo con mi cámara de fotos hacia un puñado de casas azules; me levanté y fui tras ella. En el momento en el que la alcancé se cayó al suelo y yo… me desperté del sueño.

Habíamos quedado por la mañana con Carlos y Hassan para viajar en coche a Chauen, una ciudad enclavada en la cordillera del Rif, un lugar en el que el paso del tiempo transcurre con su propio ritmo relajado y resulta un perfecto caravasar para mochileros.
Me alegré de haber ido en coche y no en bus porque el trayecto desde Tánger fue algo más largo de lo que pensaba, aproximadamente dos horas y media con tantas curvas que al final notaba mi estómago cabrearse a cada giro. Pero llegamos bien, acompañados durante un buen tramo por una nube-avalancha que si hay algún entendido en nubes por la sala, agradecería que me dijera qué carajo era eso tan grande y espectacular.

Tampoco desaparecieron en ningún momento del camino cabras, gallinas, vacas y burros, sobre todo burros.
Llegamos a Chauen –o a Chefchaouen- y buscamos la pensión Souika (7€) entre las callejuelas.

—Fer, enumera cuántas veces te ofrecen hachís y después comparamos.

En realidad él ya tenía un punto de ventaja, porque en la estación de servicio a una media hora de alcanzar Chauen, ya le habían preguntado si quería porros. Hasta en la cerretera los críos intentaban parar a los coches de turistas para venderles hachís. Y como era de esperar ganó 14-8.

—Ah, ¡también me han dicho que si quería opio!

Llegamos al hostal y como había wifi, solucionamos unos asuntos de los billetes de avión. Mientras me fijé en una estantería llena de libros de texto de Derecho en español. Quizá algún estudiante que colgó los estudios para darse a la vida contemplativa. Fumarse las clases, en todos sus sentidos.

Fuimos a comer a la plaza principal, la plaza Uta el-Hamman, en donde se encontraban muchos restaurantes con terrazas. Comimos Tajín de pollo y verduras, pinchos morunos y zumo de naranja. El camarero nos recordaba que esa noche se jugaba el primero de los cuatro partidos que iban a enfrentar al Real Madrid y al Barça en la liga. Y no sería el único. Mientras tanto, un tarado promulgaba a gritos desde las escaleras de la mezquita algo que los turistas que pasaban indeferentes delante de él, no entendían. Debió estar así alrededor de dos horas. Los lugareños se acercaban a hacerle fotos o para grabarle con el vídeo del teléfono móvil pero él seguía gritando como si su vida fuera en ello. Hassan se reía por lo bajini.

—¿Entiendes que está diciendo ese señor?
—Sí, dice que las mujeres decentes tienen que ir tapadas de arriba abajo, quedarse en casa… repite el mismo discurso una y otra y otra vez: es un bucle.
—No llegará muy lejos, no.

Si se le ignoraba, el ambiente de la plaza era muy agradable. Tenderetes, gente paseando, niños corrteando –con la camiseta del Barcelona-, teterías, pueblerinos con gorros de paja vendiendo las verduras que cultivaban… Chauen, aún siendo bastante turístico, se mantiene en equilibrio con su autenticidad. Las callejuelas de casas azules convergen en esta plaza. Estaba muy a gusto caminando sin rumbo por la ciudad antigua, sacando la cámara de vez en cuando, fijándome en todo lo que me parecía curioso… y de pronto recordé que llevaba sin vacaciones desde noviembre y sentí ese placer de saber que no tenía que hacer nada. Era mi peculiar manera de tirarme a la bartola en la playa.


Finalmente alcanzamos lo que llaman la cabeza de las cascadas (Ras-el-Maa). Las señoras lavaban la ropa y los burritos pasataban a sus anchas. Y sobre todo había gente que como yo, no hacían nada. Parecía que también lo disfrutaban.

Y así estuve el resto del día, paseando y observando. Hasta que se puso el sol y de pronto bajó la temperatura, así que caminamos hacia el hostal. Por el camino la gente nos preguntaba qué equipo creíamos que ganaría esta noche –a los españoles se nos ve a la legua-. Los bares con televisión de la plaza Uta el-Hamman estaban abarrotados de gente y todos iban a ver lo mismo. Me intriga esta fascinación que hay en Marruecos por el Barça.


Y cómo no, terminé viendo el partido en el hostal, junto con otros huéspedes y aficionados que pasaban por ahí. Hubo empate y los niños saltaron de alegría tras el único gol.
Y respecto a mi sueño, mi cámara no sufrió ningún robo. Pero el resto de las imágenes y sensaciones se cumplieron. Juro que no había visto anteriormente fotos de esta ciudad… o eso creo.

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