Colombia

Bogotá, Parte I

Ganesh en Bogotá

Ya tenía ganas de llegar a Bogotá. A partir de aquí el viaje daría una vuelta de 180º porque pasaría de estar a sola a tener que coordinarme con cien personas más, no es broma. ¿Os imagináis viajando con cien personas? Yo sí porque en la Ruta Quetzal, ese viaje televisado fundado por Miguel de la Quadra, éramos un rebaño de 320 personas. Una burrada, vamos.
Y precisamente mi motivo de viajar a Bogotá, era para encontrarme con otros ruteros y seguir viajando con ellos por Colombia. Estos encuentros, que los organizan los mismos expedicionarios, se realizan cada dos años en un país diferente de Latinoamérica. Anteriormente se habían celebrado en Uruguay, Costa Rica, Panamá pero no había podido acudir a ninguno ya sea por falta de dinero o porque las fechas te hacían escoger entre pasarlo muy bien en América o suspender todos los exámenes de febrero. Pero esta vez lo tenía todo a mi favor (ya había terminado las prácticas y no estaba estudiando) y, es más, voy a intentar viajar al Guatemala 2014 aunque vete tú a saber lo que estaré haciendo por entonces.

bogota

Tomé un avión en la ciudad fronteriza de Cúcuta cuyo aeropuerto me encantó; personal amable, menús a cuatro euros, tiendas que se dejan el wifi abierto… Además me dejaron pasar el control con una botella de Coca-cola; lo que no entendí es por qué me confiscaron el mechero. Una vez en el aeropuerto de Bogotá tomé un taxi y por el camino me sentí como en casa. Y pensaréis, ¡pues qué bien! No, nunca entenderé esos anuncios antiguos que decían “Ven a Túnez, te sentirás como en casa”. Precisamente lo que busco en un viaje es todo lo contrario; si no, me quedaría, obviamente, en casa. El único motivo para sentirme así era el paisaje desde el coche, parecía que hubiera aterrizado en una ciudad española cualquiera. Menos mal que esto sólo ocurrió en el trayecto del aeropuerto. 

mochila de la Ruta Quetzal

Aunque el encuentro no comenzara hasta el día 26, algunos llegamos en Nochebuena a Bogotá y quedamos en el hostal La Pinta para celebrarlo. A la llegada fue fácil identificar a los pocos ruteros que había, viajamos con esta mochila verde. Lo de llevar mochilas identificativas me suena bastante a cierto grupo insoportable, así que mejor vamos a obviar este tema. De pronto nos habíamos juntado unas diez personas de cinco nacionalidades y diferentes edades, de las cuales sólo conocía una por haber participado en la misma edición que yo en la Ruta Quetzal, en la de 2003. Se sucedieron las preguntas de ¿de dónde eres?, ¿por qué países fuisteis en tu año?, ¿en tu país hay trabajo? –bueno, eso yo, que meto el tema siempre que puedo.

Navidad en Bogotá

En hostal se había organizado una cena para aquellos individuos que nos encontrábamos sin planes en Bogotá, y así, además de nosotros, compartimos la Nochebuena con un australiano que estudiaba español, un padre y un hijo brasileños, un alemán que pasaba por ahí… Fue una cena de Navidad radicalmente diferente a cualquiera de las que había vivido. Luego sacaron botellas de aguardiente… y hasta ahí puedo contar.
El 25 de diciembre lo dedicamos a turistear, para lo que nos subimos en la red de de transporte masivo Transmilenio y nos plantamos en el centro. Cuál fue nuestra sorpresa que nos encontramos con un escenario postapocalíptico digno de una película de zombies. Edificios que no habían sido ni mirados desde hacía décadas, árboles quemados y basura por todas partes. No había nadie por la calle porque lo normal un 25 de diciembre es estar con la familia (pensé), y si por alguna razón nos cruzábamos con alguien, éste nos miraba raro –aunque puede que sólo porque estuvieran colocado-. Reconozco que debía ser curioso encontrarse por un grupo formado por un puertorriqueño, tres mejicanos, una argentina, dos españoles, una boliviana y un polaco. Una yonqui se nos acercó por detrás, pegó un grito y nosotros dimos un respingo al unísono del susto.
Más tarde nos daríamos cuenta de que simplemente nos habíamos metido en “una mala zona” y que en realidad Bogotá tenía otro aspecto. No sé cuánto tiempo pasamos en la plaza Simón Bolívar observando a las alpacas, que son como llamas pero con el pelo lanudo. Nunca había visto una. Entre que los niños jugaban a hacer pompas de jabón, la decoración colorida de Navidad, la temperatura cálida, los animales exóticos que acabo de mencionar y el leve mareo por los excesos de la noche anterior; la imagen que se formó ante mí me resultó muy surrealista, muy onírica… y muy agradable.

alpaca

simon-bolivar-bogota

Pero no nos podíamos quedar ahí para siempre, más que nada porque teníamos que buscar un lugar para comer, cosa nada fácil en un día festivo como éste. Mientras buscábamos a los lados nos acompañaban ciclistas y es que Bogotá es una ciudad muy respetuosa con las bicis. Hay carriles especiales para las bicicletas y además, en domingos y otros días en los que se supone que no va a haber mucho tráfico, cierran un carril de las calles para que se pueda pasear tranquilamente a bordo de este vehículo. Como explican en este artículo Bogotá está situada en el tercer lugar entre las 10 ciudades más favorables a la bicicleta según una encuesta realizada por la revista británica AskMen.

kokoriko pollo

Por fin encontramos un establecimiento de comida (ya nos daba igual qué comer, con tal de ingerir algo), el Kokoriko, una franquicia de pollo que se encuentra en muchas ciudades colombianas. El local se fue llenando de aquellos a los que se les había quemado el pavo en sus casas; y entre risas y anécdotas nos comimos un pollo con las manos… eso sí, con guantes. También visitamos la zona hippie del barrio de La Candelaria en donde se construyó el primer edificio de Bogotá. La gente tocaba la guitarra en la plaza, tomaba cervezas y veía el tiempo pasar. Me gustó el ambiente.

calle-de-la-candelaria

bogota-hippie

Aquella noche nos trasladamos al parque de policías de Bogotá, que nos habían cedido dos barracones para alojarnos. Uno para chicas y otro para los chicos. Se trataba de un recinto en donde entrenan a los policías que tiene de todo: biblioteca, campo de golf, bar, capilla. Con decir que para salir del recinto tenía que caminar alrededor de un kilómetro…
A cierta hora comenzaron a llegar autobuses llenos de ruteros, la gente se emocionaba al rencontrase con sus amigos transoceánicos y no volveríamos a Bogotá hasta veinte días después, habiendo vivido mil aventuras por Colombia.
Ahora sí que me encontraba en el inicio de La ruta El Dorado 2012.

plaza-simon-bolivar.

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