Macedonia

Trece horas con George: De Macedonia a la costa de Dalmacia



Ahora que he comenzado a hacer prácticas tengo menos tiempo libre para escribir, menos mal que uno de mis compañeros de andadas, Fernando, se ha ofrecido a relatar lo que fue el tramo más duro de nuestro viaje por los Balcanes. Además, fue él quien organizó este tramo y el que mejor puede contarlo.
El recorrido total fue UcraniaMoldaviaRumaníaBulgariaMacedonia– Montenegro y Croacia. ¿Por qué este salto desde Macedonia hasta la costa dálmata? Porque como suele ocurrir por esta zona de Europa, las conexiones aéreas asequibles suelen encontrarse en Croacia, concretamente en Dubrovnik. Los países que quedan por el camino como Albania, Serbia o Bosnia los dejaríamos para otro futuro viaje aunque sin haberlo sabido cuando me levanté aquel día, cataríamos una pequeña parte de Albania en lo que serían 13 horas de trayecto para sólo 425km… pasando por cuatro países. En fin, ¡acompañadnos en este “Road trip”!

“Nos despertamos en el Art Hostel de Skopje a eso de las 9:30 am con la cabeza ligeramente embotada, la lengua un tanto pastosa y un toque de amargor en la garganta provocado por las cervezas calientes y los Jäggermaisters bien fríos de la noche anterior. Sí, básicamente muchos de nosotros nos levantamos con resaca y pocas horas de sueño en el cuerpo, para afrontar la etapa más dura del viaje.
Desde Zaragoza había tenido problemas para cuadrar las fechas y los días porque no es nada sencillo llegar de Skopje a Kotor por carretera. Es posible que sean los 425 kilómetros más bizarros de Europa  o, al menos, esa es la impresión que me dejó. El trayecto más común (o el que recomendaba Google Maps hasta el año pasado) parte de Macedonia, atraviesa Kosovo por Pristinhe, su capital, Montenegro hasta Pogdoriça y luego de ahí, baja hacia la costa dálmata, donde se encuentran las turísticas ciudades de Bar, Tivat, Budva y finalmente Kotor, encajada entre montañas en el fiordo más al sur de Europa. El nuestro transcurriría de manera más bien distinta. A día de hoy, indescifrable.

Como no tenía demasiado claro cómo movernos en transporte público para siete personas, y todas las opciones apuntaban a 15 horas de autobuses que no funcionan todos los días, decidí intentar contratar una furgoneta para los siete y que nos transportaran de día. Contacté por correo electrónico con varias compañías que parecían serias y me decidí por www.macedoniarentacar.com.mk que me ofreció un presupuesto de 420 euros para llevarnos a los 7. Como de total de los tickets de bus costaba 50€ por barba, no salía tan mal de precio.
George (creo que así se llamaba) se presentó una hora más tarde de lo pactado con una sonrisa en la boca y pocas intenciones de disculparse por el retraso. Encajamos las siete mochilas como pudimos y nos introdujimos en una Renault Transit bastante correcta. Antes de salir pasamos por su casa porque se había olvidado las gafas de sol y decía que las necesitaba. Por lo visto también se había olvidado de cualquier tipo de mapa, GPS o dibujo en una servilleta que nos llevara hasta nuestro destino, aunque eso no parecía necesitarlo tanto. Le pregunté por la ruta y crípticamente me dijo que no íbamos a ir por la ruta pactada, que era muy lenta, y que había hablado con un amigo que le había comentado que había una ruta mucho más rápida atravesando Kosovo y luego Albania. Primera noticia de que cruzaríamos Albania. Le miré con un poco de resquemor (por todas las historias que he oído de los cruces de fronteras albanesas), entramos en el coche y nos pusimos en camino hacia el Norte.

Poco a poco íbamos entrando en el terreno montañoso que separaba Macedonia de su nueva vecina. George me iba contando desde su punto de vista cómo se había vivido la guerra de Kosovo en Macedonia. En el año 98 y según a quien se pregunte, entre 25.000 y 300.000 de kosovares fueron expulsados a punta de pistola por el ejército Serbio y abandonados en la frontera con Macedonia.  Como el cóctel racial, social y religioso en Macedonia ya es de por sí de lo más variopinto e inestable (de ahí el nombre del país, no es broma) y debido a las aspiraciones históricas que Grecia, Bulgaria y otros países del entorno reclaman sobre Macedonia, la OTAN y la ONU decidieron intervenir.
George me comentó que por el camino atravesaríamos diversos pueblos de mayoría serbia que no aceptan la independencia kosovar y que seguían enarbolando en sus ayuntamientos y edificios la bandera de ésta. También me contó que él personalmente no estaba muy de acuerdo con la independencia de Kosovo, porque argumentaba que siempre había sido un territorio legítimamente serbio, aunque tampoco estaba de acuerdo con la política de represión que Serbia había llevado a cabo. La verdad es que la situación era bastante oscura y hoy en día la independencia de Kosovo sigue siendo un motivo de polémica dentro de la ONU y la OTAN, ya que no es reconocido como país independiente por varias naciones entre las que se encuentran Rusia, España o la propia Serbia. Éste es el mapa de países que reconocen la independencia de Kosovo:

Cruzamos la frontera sin mayores problemas y ahí la cosa cambió. De una carretera medianamente moderna y decente como es la de Macedonia, sorprendentemente y sin aviso previo pasamos  a, literalmente, un camino de cabras. Una carretera en penosas condiciones y tristemente asfaltada por la que circulaban antiguos camiones de gran tonelaje, burros, carros y coches de todo tipo. Avanzábamos lentamente entre los Balcanes, cruzando ríos y pequeños pueblos… y finalmente entre curvas y más curvas de la ruinosa carretera, caí . Sí, vamos, que me dormí.
Desperté el tiempo justo para ver que el paisaje había cambiado y habíamos salido de las montañas. Nos encontrábamos en una gran llanura de campos amarillos que se extendían en todas direcciones. George señalo a su izquierda y me comentó que estábamos rodeando la enorme base americana de Camp Bondsteel. Dijo que él había estado allí porque una vez había tenido que llevar a un diplomático americano a la base desde Skopje. Asentí y, como quien no quiere la cosa, volví a caer grogui sobre el asiento.

Volví a despertar con una modorra atroz, lo justo para ver un cartel que rezaba “Pristinhë” y miré a George.  —¿Estamos en Pristína?—. —No, es un pueblo que se llama igual, pero no es la capital de Kosovo—. Le miré extrañado. Fuera la ciudad que fuera (quizá fuera Priznen, pero no tengo manera de saberlo),  George se perdió. Transitamos dando vueltas por calles de un solo sentido, sin aceras y con las casas casi pegadas a la carretera, llenas de coches y multitud de tiendas de estilo indefinible. Lo que más me sorprendió fue ver una tienda Adidas impoluta en mitad de un barrio poco menos que ruinoso, con su logo azul y blanco, como si fuera un op-art o se hubiera teletransportado desde el centro de Madrid a otro planeta.

A favor de George, debo decir que Kosovo carecía de indicaciones. En todo el trayecto, el único cartel que vi, fue el que acabo de mencionar. En contra de George debo decir que había pasado bastante de traer cualquier tipo de indicación y su única orientación en aquel laberinto, eran las preguntas lanzadas en serbio,  macedonio, inglés o el idioma que estuviera utilizando con los lugareños, que invariablemente le mandaban en distintas direcciones.  Seguimos circulando durante más de una hora entre callejuelas y avenidas sin pavimento con una circulación brutal y cruces de calles inexistentes y sin señalizar en los que me iba durmiendo para despertar con frenazos bruscos y rebuznos varios. Giraba la vista atrás para ver las caras estupefactas de Inés y el resto de colegas y pensaba… no se qué pensaba en realidad…

Por fin abandonamos la ciudad que fuera por una carretera de un solo sentido y sin demasiado tráfico donde continuamente encontrábamos rebaños de cabras con sus correspondientes perros y pastores, y carros tirados por borricos cargados con todo tipo de mercancías. Con algo de hambre, decidimos hacer nuestra primera parada después de las cuatro horas que llevábamos de viaje, y paramos en un restaurante de carretera donde comimos las típicas patatas fritas de bolsa, unas Cocacolas y algún café. Un dato útil es que la moneda oficial de Kosovo es el Euro, por lo que nos rascamos un poquito los bolsillos en busca de monedas que no hubieran sido cambiadas. A estas alturas la actitud de duda hacia nuestro conductor, había pasado a ser un tanto hosca.

Continuamos el trayecto después de preguntar la dirección  hacia la frontera a uno de los camareros y George me sonrió  — “vamos por buen camino” —. Yo también sonreí  y contesté ese clásico y tan manido — “I hope so” —. Después de aproximadamente 25 o 30 minutos de trayecto, empezamos a ascender una montaña por la que el tráfico ya era inexistente, y llegamos a un puesto fronterizo albano dejado, literalmente, de la mano de Dios. No soy muy ducho en lo que a idioma serbo-bosnio se refiere pero después de varias preguntas y respuestas entre George y el amable guardia, este último señaló hacia la carretera que se extendía delante de nosotros y con una más que correcta pronunciación solo dijo una palabra: “Kaputt” George me miró confundido y me dijo  — “tenemos que dar la vuelta, NOS hemos equivocado de camino” —.
Con caras bastante agrias y algo mas que aburridos, dimos la vuelta hasta la ciudad sin identificar y volvimos al turno de preguntas directas y respuestas indescifrables que, otra hora después, nos pusieron en el camino correcto al puesto fronterizo acertado: Morinë (eso, al menos, es lo que reza el sello en nuestros pasaportes). Tras cruzar, el escenario cambió otra vez y nos vimos súbitamente rodeados de los Balcanes albanos y, para nuestro asombro, rodábamos sobre una moderna autopista albanesa. Parecía que había cambiado nuestra suerte y que aún podríamos salir a cenar algo en Kotor…  deseos, deseos….

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Atravesábamos las grises montañas a buena velocidad, cuando una señal nos indicó que debíamos desviarnos por nuestra izquierda, y empezamos a ascender y descender por una pista forestal sin asfalto, siguiendo camiones durante unos cinco kilómetros. La autopista no estaba terminada y no sería esa la última sorpresa. Cuando estábamos descendiendo por la ladera de la montaña para volver a retomar el asfalto, una imagen se nos quedó grabada a todos en la retina. En dirección contraria ascendía entre el polvo y los guijarros, un Mercedes gris y polvoriento, de los modelos antiguos que tanto gustan en los países árabes y en medio oriente, cargado hasta los topes con los siete u ocho miembros de rigor de la familia. Al volante, un niño de no más de 12 años. Estupefactos nos arrimamos todos a las ventanillas y casi al unísono empezamos a reírnos y a mirarnos incrédulos entre nosotros. Hasta George se permitió la licencia de echarse unas carcajadas.
Poco después llegamos a un túnel en la autopista y para nuestra sorpresa había una caravana de vehículos esperando a la entrada del mismo y dos policías regulando el tráfico. Por lo visto, al estar en construcción, los coches solo podían cruzarlo cada 20 minutos en una sola dirección. Sí, Nos tocó esperar. Bajamos a fumar un cigarrillo y nos sorprendió encontrar allí, entre las montañas, puestecillos de fruta, bebidas, ropa y demás artículos insólitos, amén de los baños portátiles más guarros que he visto en mucho tiempo. Como cabría esperar, ninguno de nosotros llevábamos monedas albanesas. Acabamos el tabaco, apuramos unos tragos de agua, chascarrillos varios acerca de nuestra “jornada de viaje”, nos volvimos a meter en nuestra casa rodante y volví a caer dormido.


Desperté agotado y con el cuello ligeramente torcido a punto para ver un puente de madera de un solo carril y un semáforo que nos cortaba el paso. Pregunté a George y me contestó amigablemente — “ya se donde estamos, he cruzado este puente otras veces”—. —“Esto es el río Bojana. Pronto llegaremos a la frontera” —. A estas alturas ya dudaba bastante de su palabra, pero le concedí el beneficio de la duda, me recosté en el asiento y dejé llevar mi vista por los arrabales de la ciudad de Shkodër. Debo decir que me pareció un poco triste. Burros y niños deambulaban por doquier en los márgenes de la estrecha carretera, en un ambiente bastante sucio mientras destartaladas casas de ladrillo nos acompañaban en nuestro trayecto hacia la frontera.

Nos detuvimos en el feo puesto fronterizo de Shköder (¡Por fin George tenía razón y la frontera estaba cerca!) delante de una alegre caravana de coches esperando las atenciones de los guardias albanos, los cuales nos pararon. Dimos nuestros pasaportes y George explicó en serbio, macedonio, o lo que fuera, que llevaba a unos turistas a Kotor. El piloto automático del guardia se encendió y ante mi cándida mirada, vi a George agitar 20 euros y el guardia rechazarlos. Seguimos adelante y pregunté a George qué demonios había pasado. Por lo visto el guardia le había pedido 1 euro por persona para cruzar la frontera y George le había dicho que no llevaba cambio… así que el guardia contestó que daba igual y que siguiéramos adelante. ¿El intento de estafa más raro de la historia? 20 metros más allá, otro guardia nos volvió a parar con una sonrisa enorme en su boca, miró por encima nuestros pasaportes, y dijo algo que no entendí. George me preguntó si queríamos sellar nuestros pasaportes, y yo, un poco harto ya de todo aquello, pensando que aún estábamos en Albania y desconfiado de dejar nuestros pasaportes en manos de nadie, le dije que siguiera adelante. El policía volvió a sonreír, nos saludo, y veinte metros más adelante un cartel rojo nos daba la bienvenida a Montenegro.

Anduvimos unas decenas de kilómetros por una destartalada carretera y después de cruzar un valle verde y rocoso, ante nosotros se abrió un fantástico atardecer sobre el Adriático, con el sol a punto de cruzar el horizonte y el cielo perdiendo sus últimos tonos naranjas para dejar paso a la noche. Huelga decir que aún nos costaría tres horas llegar a Kotor, que pillaríamos un atasco y que George aún se tenía que perder otro par de veces, pero el cansancio acumulado y la vista de los interminables pueblos del Adriático dulcificó en mayor o menor medida nuestra parte final del viaje y casi trece horas después, y cinco después de lo previsto, despedíamos a George, el cual se volvía del tirón a Macedonia y cruzábamos la puerta para entrar al hermoso y alborotado pueblo de Kotor.

NdA: Este artículo o relato no intenta ni debería echar hacia atrás a nadie a la hora de viajar a Albania o Kosovo, o de contratar ninguna compañía. Simplemente es un relato de nuestra mala suerte y de las cosas que vimos y vivimos en esas 13 horas de carretera. De la mala suerte que tuvimos y de la falta de práctica de nuestro conductor. Hoy en día, y según Google Maps, el trayecto debería costar la tercera parte de lo que nos costó a nosotros. Sin embargo recuerdo con cariño esas trece horas metido en el coche, hablando con George de la guerra y de la vida en Macedonia, viendo paisajes insólitos que nunca había visto de los Balcanes, mirando a los niños jugar al fútbol en la frontera entre Albania y Montenegro, ver el sol ponerse en el oeste detrás el Adriático o simplemente apagando mi cerebro y dejándome llevar por el paisaje y el sueño. Volveré, porque aún me faltan muchas cosas que ver en los Balcanes.”

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