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Brisas del Mediterráneo. Radiografía de un crucero.

La cubierta superior del Sovereign. El crucero en el que nos embarcamos durante ocho días.

Leí hace ya bastante tiempo y con bastante regocijo, el primer capítulo de “La aventura de viajar”, de mi respetado Javier Reverte. En el narraba las experiencias, muchas de ellas rozando el surrealismo, que vivió a bordo de un crucero de lujo por el Caribe. Su desparpajo y sus conversaciones con la millonaria catalana  apodada Margot son hilarantes. Sospecho que Javier tenía una idea preconcebida sobre este tipo de viajes, y que pese a no ser su forma “idónea” de viajar, le sorprendió bastante. Le cito textualmente: “Encontré personajes y un mundo que desconocía que me provocó literariamente mucho.”

Atardece en el pueblo francés de Villefranche-sur-Mer. Una visita más interesante que sus vecina Mónaco.

Yo tenía el mismo tipo de idea que Javier. Para ser sinceros, por la forma en la que me gusta viajar, no me veía embarcado en un mastodonte de 14 plantas y 200 metros de eslora con otros ochocientos tripulantes y dos mil quinientas personas más. Por eso cuando los chicos de minube y pullmantur, hace hoy exactamente un año, nos invitaron a Inés y a mí a un viaje de este tipo por el Mediterráneo, lo primero que pensé fue “joder, ¿y yo que pinto ahí?”. Lo segundo que pensé fue: “Ah, bueno, todo incluido, hay barra libre.” No, seriamente; como creo que en la vida hay que darle oportunidades a casi todo (el “casi” hace referencia a gran parte de la clase política española) y  por el gusanillo de saber en qué consiste de verdad un crucero, decidí gastar una semanita de mis exiguas vacaciones y embarcarme.

Otro crucero abandonando al atardecer bajo una tormenta el puerto de Livorno, cercano a Florencia y Pisa.

El Sovereign parte de Barcelona en una ruta circular cuyos destinos son Mónaco, en la riviera francesa, Florencia, Roma y Nápoles en Italia y, por último, la ciudad de  Túnez. A esto hay que sumarle un día final de navegación por el Mediterráneo para retornar a la ciudad condal. A bordo se pueden encontrar todo tipo de entretenimiento para cualquier edad. Bares, discoteca, un cine, pistas de pádel, un rocódromo, un casino, sala recreativa, piscinas y un buen etcétera. Nada que objetar. Los turnos de cenas (desayunos y comidas son buffet libre) estaban establecidos por horas y comedores. Obviamente no debe ser fácil dar de cenar a dos mil quinientos pasajeros hambrientos. Me sorprendió que, aunque la mayor parte del pasaje era de mediana edad, había muchas parejas jóvenes y grupos de amigos. Quizá, como le sucedió a  Javier, me esperaba un barco cargado de personas bien entradas en la tercera edad bailando la conga y libando piñas coladas. Topicazo y prejuicios: derribados. Barco uno, yo cero.

Una señora esperando en el zoco de la ciudad de Túnez.

Aparte de las diversiones que ofrece el barco en sí, otro de los apartados opcionales con los que cuenta son, obviamente, las excursiones. Aquí es donde yo le veo más contras que pros a un viaje de este estilo. Un crucero te permite visitar varios destinos en una semana, pero es un tipo de visita donde sólo rascas un poco la superficie de los sitios. Roma no se construyó en un día y, desde luego, tampoco se visita en otro. Puede ser una manera interesante de acercarse a las ciudades, pero no se pueden visitar en profundidad, más que nada porque no hay el tiempo necesario.

Tampoco es sencillo hacer las visitas por tu cuenta. El barco atraca en puertos que están relativamente alejados de los mayores atractivos turísticos (Civitavecchia está a setenta kilómetros de Roma o Livorno, a ochenta de Florencia) así que lo más normal es contratar las excursiones que ofrece la naviera dentro del propio buque o llevar programado algún otro tipo de recogida desde los puertos. La ventaja de estas excursiones es que incluyen transporte y visita guiada por los puntos “imprescindibles”, con lo cual se maximiza el tiempo en las ciudades con explicación histórica y cultural añadida. El inconveniente para mí es la pérdida del encanto que tiene explorar nuevos sitios a tu aire, sin otra atadura que el lapso que le quieras dedicar.

La representación del espíritu santo, el centro del altar de la Basílica de San Pedro del vaticano.

Sobre los destinos, qué decir. Mónaco y Montecarlo, que no tienen demasiado que ofrecer excepto coches de lujo, tiendas de cosas caras, el mítico casino y señores mayores con jovencitas de la mano. Es mucho más bonito el pueblo donde se desembarca, Villefranche-sur-Mer. Roma, como siempre, eterna. En Florencia me habría quedado sin dudarlo cinco o seis días disfrutando el legado de los Médici. Nápoles me sorprendió sobremanera y con gusto me habría perdido por el zoco de Túnez más tiempo del que pude disfrutarlo. Aparte de estos sitios, nos dio tiempo a visitar sitios históricos como Pompeya, Sidi Bou Said e incluso algo de las antiguas ruinas de Cartago.

Florencia con su magnífica catedral vista desde la colina de Miguel Ángel.

Lo mejor, sin duda, la compañía. Éramos catorce (quince con la pequeña Izaro) las personas invitadas de aproximadamente la misma edad y gustos similares. Nos compenetramos muy bien. Apasionados de la fotografía, el cine, los viajes o las redes sociales, entre todos le dimos “cera” a estos temas durante horas. Una semana al estilo “gran hermano” con doce nuevas personas que acabas de conocer podría haber generado algún malestar, pero incluso con diferencia de opiniones, todo transcurrió entre risas y muy buen rollo mientras nos dedicábamos también a grabar un vídeo para pullmantur y minube que podéis ver aquí.

 

Teaser #minubetrip crucero Pullmantur from minube on Vimeo.

¿Conclusiones? Las mías son que disfruté de una verdadera semana de vacaciones. Con tranquilidad, risas, buena comida y mejor compañía. ¿Repetiría? No lo sé. Por mi estilo actual de viajar, ahora mismo, seguramente no. Miro atrás y todos los recuerdos del viaje son buenos. Realmente me sorprendió todo el ambiente del crucero, la atención del personal, las facilidades, la comodidad de los camarotes… No hay ni un solo “pero” en el asunto. Lo recomendaría a grupos de amigos que quieran pasar de una semana económica y de relax. Incluso me imagino una despedida de soltero a bordo de un crucero y me provoca una sonrisa. Sin embargo para alguien que acostumbra a viajar sólo o en pequeños grupos como yo, que tiene el culo inquieto o que le gusta profundizar en las ciudades y los países, quizá un viaje de este tipo, se queda pequeño. Obviamente esto es mi opinión. Un crucero es una forma distinta de viaje. Ni mejor, ni peor, simplemente otra. Y es una forma muy divertida.

Una tormenta golpea la costa del Lazio, al salir del puerto de Civitavecchia, cercano a Roma.

@Gothart en twitter

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