Irlanda

Ruta por el oeste de Irlanda II: Galway y Kylemore

Me desperté en Irlanda con la luz del sol y pensé que algo así no lo taparía ninguna nube.
Error. Cuando estás en este país has de llevar siempre un chubasquero o un paraguas contigo pues el tiempo puede cambiar varias veces durante el día. Lo bueno es que los venden por todas partes que te salvarán si eres de los que como yo, confían en la estabilidad climática cuando se levantan de buen humor. Pero Irlanda es así y hay que quererla pese a la lluvia, porque si no, no sería ella. Así que no os sorprendáis  cuando en este post veáis todos los tonos de cielos posibles aun correspondiéndose a un solo día de viaje.

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Comenzamos dando una vuelta por la ciudad de Galway. El punto de partida fue El arco de los españoles (1598), destino habitual de los galeones españoles que viajaban hasta su puerto para comerciar con los irlandeses con alimentos, vino y otras bebidas alcohólicas. Este puerto llegó a ser uno de los más importantes de las islas Británicas durante el siglo XVI.
Al descargar los toneles, solía desaparecer uno de ellos que luego los lugareños bebían sobre mesas improvisadas a la luz de una vela. Por eso es costumbre poner en las tabernas una vela sobre la mesa y puede que éste sea el origen de los omnipresentes y acogedores pubs irlandeses.
La situación histórica durante los siglos XV y XVI, plagada de continuas guerras entre Irlanda y España contra Inglaterra, la lucha contra el protestantismo y el comercio, propiciaron una gran cooperación entre los dos países. El viajero escocés Robert Graham escribió “todo en esta ciudad tiene un aire a España”.
Todo esto ocurre frente al río Corrib que desemboca en un gran lago de 178km (Atalia). En él hay 365 islas, una por cada día del año.

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Continuamos por el Latin Quarter, un barrio de pubs multicolores en donde comer, beber… o comprar un anillo que indique tu estado civil. El pub Quay era antiguamente una iglesia anglicana. Lo de convertir iglesias a bares nos puede chocar un poco, pero es una costumbre bastante habitual en Irlanda. Otro bar conocido es el Spanish Arch, en donde músicos locales deleitan con sus variados instrumentos sin soltar la Guinness de la mano. En este vídeo que grabé podéis ver cómo se lo pasan los irlandeses por las noches.
Y cómo no, el pub Kings Head, cuya historia está vinculada a la decapitación del rey Carlos I en 1649. Pocas veces podrás decir que te encuentras en un bar de más de 800 años de antigüedad.

 

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Terminando de recorrer esta calle, la Quay Street, nos topamos con la Iglesia anglicana de San Nicolás. En tres de los cuatro lados de su campanario hay un reloj. Enfrente del lado que no da la hora se encontraba antiguamente una residencia de gente sin recursos y los británicos pensaron que no merecían darles nada gratis, ni la hora. Siguiendo con referencias españolas, se dice que Colón estuvo aquí antes de emprender su primer viaje a América y que se inspiraría en unos cuentos irlandeses para organizar su viaje (aquí se han pasado un poco).  Como curiosidad, en la pila bautismal hay un símbolo masón, una flor de lis; y en el suelo hay lápidas que no informan del nombre del fallecido sino de su profesión: herrero, albañil, pescador… Algo parecido pude ver en un cementerio británico en Tánger que también contaba en sus lápidas las profesiones de sus ocupantes en tiempos de guerra como piloto de la Royal Air Force, telegrafista, corresponsal del Times… o “disparado mientras escapaba”.

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Nos dirigimos hacia la plaza Kennedy pero en el camino nos encontramos con un monumento a Oscar Wilde. Nacido en Dublín, fue un dramaturgo y escritor muy destacado. Quién no conoce El retrato de Dorian Gray. También, debido a su condición sexual, es un icono del orgullo gay en Galway; claro que a finales del siglo XIX no debía ser sencillo llevar una vida normal y evitar escandalizar a la clase media de la Inglaterra victoriana.

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La plaza Kennedy conmemora a este presidente de los Estados Unidos que visitó Galway poco antes de su asesinato en 1963. También se la llama a Galway “la ciudad de las 14 familias” y en esta plaza pueden verse todos los estandartes de los diferentes clanes.

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De pronto vino la tormenta. En España estamos acostumbrados a que la lluvia comience con unas gotitas hasta llegar paulatinamente al chaparrón (si llega). Aquí no, el agua cayó de golpe y tuvimos que correr para resguardarnos en algún lugar. Lo que teníamos más a mano fue un centro comercial que conserva las murallas de Galway en su interior. Me compré un paraguas por 6€ que aún no se ha roto pero me hace sentir la pérdida inmediata de mi dignidad cada vez que el viento lo pone del revés.

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Salimos a la calle y pronto salió el sol, como os decía al principio de este post, el tiempo varía mucho por estas latitudes.
Nos dirigimos  a la iglesia católica de San Nicolás construida en 1965 por un Obispo excéntrico que, entre otras cosas, desayunaba champán. Aquí vimos por primera vez los cuatro tipos de mármoles que son originarias de las diferentes regiones del país: el rojo de Cork, el negro de Leinster, el verde de Connemara y el gris de Ulster. Me llamó mucho la atención que hubiera un mosaico que representara a Kennedy. Como habéis visto, tanto la iglesia protestante como la católica se llaman igual y es que San Nicolás es el patrón de los pescadores y Galway ha sido siempre una ciudad de pescadores.

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Para terminar la mañana, comimos una ensalada César y una deliciosa sopa de Marisco en el restaurante Kirbys en Cross Street. Apasionantes conversaciones sobre el amor y “el sabor de lo prohibido” a grito pelado que espero que los camareros no entendieran.
A una hora y media en bus se encuentra la impresionante abadía de Kylemore (foto inicial) que parece salir de la nada entre lagos y montañas. He de decir que las carreteras dejan bastante que desear por sus múltiples baches pero siempre se puede hacer paradas por el camino en lugares tan bonitos como este puente en el que John Wayne se sentó en la mítica película “El hombre tranquilo”.

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Ovejas y vacas tampoco dejaron de acompañarnos durante el camino. Se nota que Irlanda es un país con una baja densidad de población, pues puedes pasarte horas en la carretera sin apenas ver edificios, pero sí lagos y colinas verdes.

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Por fin llegamos a la famosa abadía de Kylemore que tiene una historia muy curiosa:
Mitchell Henry fue un hombre que se enamoró tanto de una montaña como de una mujer en Connemara, la afortunada se llamaba Margaret. Mitchell compró el terreno, lo hizo forestar con árboles y plantas de diferentes tipos y mandó construir este palacio neogótico frente a un lago. Para mejorar las condiciones de vida en el área, Henry instaló una bomba de agua en Letterfrack y una oficina de correos y telégrafo cerca del castillo, además de dar empleo a alrededor de 300 personas. Incluso tenían un equipo de bomberos.
Vivieron juntos y felices hasta que Margaret en 1874 fue de viaje a Egipto en donde murió de disentería y fue embalsamada. Su cuerpo solía sacarse en nochebuena para que asistiera a las cenas familiares. Sí, era una costumbre bastante tétrica… Hoy en día, la pareja está enterrada en un pequeño mausoleo cerca de la iglesia en la abadía. Más tarde el palacio se convertiría en un colegio exclusivo de niñas que aprenderían en este lugar alejado a convertirse en “buenas esposas”. Esta escuela cerró en 2010.
Desde 1920 Kylemore es el hogar de una comunidad de monjas benedictinas ya que su abadía original en Bélgica fue destruida en la Primera Guerra Mundial.
Tras visitar las instalaciones dimos un paseo por sus jardines en donde Isabelle Pitorre, directora del centro de visitantes, nos invitó a tomar café con los típicos scones en el salón de té. ¿Sabíais que Irlanda es el país con el mayor consumo de té per cápita?

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Para no hacer todo el viaje de vuelta a Galway de seguido y volver más relajados y, sobre todo, con la piel  más suave, fuimos a tomar un tratamiento de algas frente al único fiordo de Irlanda. Primero una sesión de sauna para abrir los poros y después, un relajante baño con estas plantas de propiedades beneficiosas.

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Seguro que también son buenas para el cabello, ¿no?

Al día siguiente visitaríamos los imponentes acantilados de Moher y haríamos el ridículo intentando subir a una tabla de surf. Pronto volveré con una nueva entrega del viaje por el oeste de Irlanda. ¡Seguid atentos!

 

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