Tailandia

Thailandia: El parque nacional de las cascadas de Erawan

La luna ilumina uno de los pocos árboles solitarios del parque.

Después de visitar el famoso puente sobre el río Kwai, decidí seguir continuar mi camino hacia el noreste, buscando un lugar más apartado donde estar a gusto y plantearme mis siguientes días que serían para entrar en Camboya y disfrutar de Angkor. Erawan sonaba perfecto. Este parque natural en mitad de la selva y a ochenta kilómetros de Kanchanaburi presume, y quizá con razón, de tener las cataratas más bonitas de Tailandia. Llevaba un nuevo libro, necesitaba cargar algo de pilas porque ya llevaba un buen “tute” encima y además quería probar a sacar algunas fotos nocturnas.

 

Un pequeño thai en el autobús hacia Erawan, reticente a dejarse fotografiar.

Me levanté tranquilamente y me acerqué a la estación de autobuses de Kanchanaburi. Salen hacia el parque cada cincuenta o sesenta minutos y el viaje dura hora y media. (50 baht, 1.25 euros aprox.) Mis compañeros eran algunos monjes, señoras reticentes a mi cámara y una pareja de simpáticos mochileros alemanes con los que no tarde en entablar algo de conversación. Entramos en el parque (doscientos baht, cinco euros) y me dirigí a alquilar una tienda de campaña individual y una esterilla. En Erawan se puede dormir en bungalows o en una zona de acampada que era prácticamente para mí. El precio (euro y medio todo) al igual que la tienda y la esterilla, eran ridículos. Pedí también una linterna porque no tenía y sabía que se podían alquilar, pero la respuesta fue negativa. Primer error táctico. A ver como leches me iba a mover yo en un parque sin luces de noche. Decidí acercarme a uno de los restaurantes a comprar un par de cervezas y subir hacia las cataratas para bañarme. En los parques nacionales de Thailandia está prohibida la venta y consumo de alcohol. Segundo error y este, de los garrafales.

Una de las cascadas intermedias entre el tercer y cuarto nivel. Aparte de los siete famosos niveles, todo el parque esta plagado también de pequeñas cascadas.

Sin cerveza y formando una bucólica estampa compuesta por bañador, gafas de sol, botas de montaña y la mochila con la niña de mis ojos, comencé a subir los siete niveles de cascadas. El trek es corto. Son algo menos de dos kilómetros para alcanzar el nivel más alto, pero sabía que el desnivel es importante y en muchas zonas suele encharcado, así que cuando empecé a ver cientos (literalmente) de rusos en chancletas sonreí para mis adentros y supuse que en el sexto nivel podría darme un baño tranquilo. Pues no. Sudé la gota gorda para subir a buen ritmo y al llegar al sexto nivel, soñando con las aguas turquesas donde darme un chapuzón, comprobé con desánimo que los rusos también tienen determinación. Rusos haciéndose fotos a lo Stallone, rusas posando sobre piedras afiladas o troncos putrefactos como si fueran modelos de Vogue. Tangas que dejaban poco lugar a la imaginación y minúsculos “turbopackets” a cascoporro…. Y yo, empapado en sudor y sin resuello.

En fin, al tiempo regular, buena cara. El sitio era fantástico. Subí al séptimo nivel. Me dí un baño en unas aguas increíblemente azules. Dejé que los peces me mordisquearan los pies y el cuerpo. Leí. Fumé. Me volví a zambullir. Volví a fumar. Vi una serpiente de un metro o metro y medio. Cuando fui a buscarla con la cámara, salió huyendo. Básicamente, dejé pasar un par de horas. Cuando ya quedábamos tres o cuatro gatos allí, un empleado de limpieza del parque nos pidió que comenzáramos a bajar. Una sonrisa y un sarcástico “yes, yes” y comencé a hacerme el remolón. El chaval al final se marchó y yo comencé a bajar a mi ritmo, disfrutando de la soledad del parque al atardecer sin soviéticos.

El tercer nivel, ya sin bañistas. Me di el chapuzón yo solo y me deje mordisquear un rato la piel muerta. Es una sensación extraña.

Salí una hora después del “cierre” del parque (la hora oficial son las 17:00, pero el parque no tiene puertas) y me dirigí a cenar algo a la espera de que se hiciera de noche. Me encontré con la pareja teutona del autobús y entre fruta y algo de arroz nos contamos nuestros respectivos viajes. El suyo despertaba muchísima más envidia que el mío. Como mucha gente que he conocido en el sudeste asiático, iban a estar de viaje unos seis meses. Mis veintiséis días, que antes me sonaban a gloria, se me antojaban una broma de mal gusto.

Otro de los pequeños niveles de cascadas. En este caso ya tenía algo de iluminación ambiental y podía jugar a buscar un “efecto de seda” en el agua.

Volví al parque antes de que se fuera completamente la luz. Me senté con un par de coca colas y me dejé llevar por el sonido del agua. Veinte minutos más tarde no me veía ni las manos. No había salido la luna a la hora que yo calculaba y comencé a sentirme inquieto. Lo que antes me parecía un sencillo y bonito parque, ahora me parecía una selva que revelaba toda clase de sonidos mezclados con el agua. El LED de la cámara alumbraba lo suficiente para que pudiera ver el suelo, pero poco más allá. Empecé a sentir que  estaba invadiendo algo y que yo no era una criatura que debiera vagar en la oscuridad por allí. Como si algo, irracionalmente, me susurrara en mi cabeza “de noche, tu no perteneces a este lugar”. Tomé la decisión de bajar fuera del parque e irme a la zona de entrada.

Y otra de las pequeñas cascadas. Ya casi estaba en la salida del parque porque no veía a dos metros.

Pasé la noche leyendo, visitando un rato más a los alemanes en su bungalow, sacando algunas fotos y vagando por distintas zonas del parque, pero no me atreví a volver a la zona selvática aunque al cabo de un par de horas saliera la luna. Poco después me fui a dormir. Pasé un frío atroz toda la noche. Debería haber alquilado también un saco de dormir. Al día siguiente me esperaba un largo periplo. Iba a intentar llegar a Bangkok lo suficientemente pronto para coger el tren a Camboya antes de que cerraran la frontera. Había sido un día extraño, pero un gran día al fin y al cabo.

Erawan es un parque fantástico, pero mi recomendación sería visitarlo temprano por la mañana, antes de que los autobuses de turistas lleguen atestados  desde Kanchanaburi para que sus ocupantes se bañen en las cascadas. Y debo admitir que no todo eran rusos, había muchas más nacionalidades, pero estos eran mayoría y, de calle, los que más resaltaban. Quizá yo simplemente había pillado un día en el que a todo el mundo le dió por ir a Erawan. Que no se me enfade ningún ruso que pueda leer esto. Tengo intención de visitar pronto la “gran madre patria”.

En compañía de unos monjes en mi viaje de ida hacia el parque.

 

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