Bulgaria

SOFÍA, la capital de Bulgaria


Que no, que Sofía me gusta. En serio, será que no la miraste bien. ¿Cómo?, ¿que es fea? Pero qué dices… Si está lleno de parques e iglesias impresionantes, y la comida, ¿qué me dices de los restaurantes?, ¿y los precios? Bueno, bueno, para gustos están los viajes. No intentaré convencerte…

Sofía, la capital de Bulgaria, o te enamora o te espanta –algo parecido sucede con Bucarest-, por lo que las conversaciones de este tipo se han repetido a menudo cuando he dicho que había viajado a esta ciudad. Yo fui a parar concretamente al saco de “me encanta”.
Veamos cómo fluyeron mis andanzas por la que, con más de 7000 años de historia, es la tercera capital más antigua de Europa.
Llegamos en autobús desde Veliko Tarnovo tras cuatro horas de viaje. Tomamos un taxi por el módico precio de unos 6 Lev búlgaros (3€) que nos dejó en el Hostel Mostel, en el número 2 A del bulevar Makedonia. La noche nos salió por 8€ cada uno, compartiendo habitación con más mochileros de diferentes países. Curiosamente, me volví a encontrar con un belga que viajaba solo con el que ya había coincidido en Sebastopol, Chisinau y Veliko Tarnovo.


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Comenzamos con la Sinagoga de Sofía, la sinagoga sefardí más grande de Europa (Ekzahr Yosif 16) En un gran blog de viajes, Xixerone.com leí que Sofía había sido una de las pocas ciudades que protegieron a sus ciudadanos judíos durante la Segunda Guerra Mundial.

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Muy cerca estaba la inconfundible mezquita Banya Bashi, que quiere decir “mezquita de los baños”, construida en el siglo XVI. Tuvimos que pagar por entrar. Aquí experimenté un pequeño altercado. Mientras estaba comprando el ticket, varios hombres me estaban gritando para que me pusiera una especie de chubasquero que dejaban a las turistas para que se taparan. Mientras me estaba descalzando, éstos seguían atosigándome para que dejara de mostrarme –vestía pantalón largo y camiseta de manga corta, nada que pudiera parecer obsceno-. No hacía falta que me lo dijeran diez veces, lo que ocurría es que no podía hacer todo a la vez. Me era imposible entrar si no pagaba, no podía alcanzar los chubasqueros si no me descalzaba… Al final y ya un poco estresada me coloqué aquella prenda. Me suelo adaptar a las costumbres de otros países con tal de ver la mezquita o iglesia en cuestión, por ejemplo, en el pueblo tártaro de Backchisaray me hicieron ponerme un pañuelo en la cabeza que por su fuerte olor, deduzco que muchas mujeres se lo habían colocado aquel día especialmente caluroso; pero a cambio pude admirar una bonita ermita enclavada en la roca. Es lo que hay y acepto. En Kiev, un hombre nos increpó a una amiga y a mí por vestir pantalones vaqueros en vez de falda, aludiendo a la “indecencia” de nuestra manera de vestir…  ¡A veinte grados bajo cero! A pesar de estas anécdotas, la mayoría de las veces me he sentido bien tratada en todos los lugares.
Entré a la mezquita y fui hacia donde estaban mis amigos, masculinos ellos. Tan solo se encontraban en el centro del interior, admirando tapices, techos… No toleraron que quisiera ir con ellos, las mujeres sólo teníamos permiso para permanecer pegaditas a la pared. Me habían vendido la entrada, pero no me dejaban ver la mezquita de cerca. Intenté ir hacia donde estaban mis compañeros, pero entonces una señora me lanzó un discurso señalando el pequeño hueco entre el enorme tapiz y la pared en donde alguna señora permanecía estática. Todo el mundo me miraba y como no me sentí cómoda, simplemente me marché. Di un paseo por el parque reflexionando sobre este tema. No había comenzado bien la visita pero intentaría darle otra oportunidad (además el parque frente a la mezquita me resultó agradable para esperar a mis amigos).

 

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Seguimos caminando por la avenida de Ploshad Sveta Nedelya, en la que se encontraban varias iglesias cristianas, algunas de gran antigüedad como la Sveta Sofia. Sorprende que haya tantos templos dedicados a diferentes religiones en un espacio tan reducido, y eso que aún no habíamos llegado a la iglesia ortodoxa más conocida de los Balcanes. La plaza Ploshtad Sveta Nedelya no siempre se ha llamado así, anteriormente tenía el nombre de Lenin y mostraba una estatua de este líder comunista. Desde entonces ha sido reemplazada por una estatua de bronce de 24m que representa a la diosa protectora de la ciudad, Sofía.

 

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Los chicos estaban embelesados con la belleza de las mujeres búlgaras. Yo me fijé más en estos elegantes guardianes del hotel Sheraton y eso nos llevó a descubrir lo que protegían, la construcción que se ha sostenido durante más tiempo en Sofía. Se trataba de la iglesia de San Jorge, uno de los templos cristianos más antiguos de los Balcanes, que se conserva desde el siglo cuarto. En el siglo XVI, con la ocupación otomana, el edificio se convirtió en una mezquita. Se han restaurado frescos de su cúpula.

 

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Caminamos en dirección a Alexander Nevski y nos encontramos casualmente con la típica iglesia rusa, la iglesia de San Nicolás con sus cúpulas doradas en forma de cebolla.

 

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Para finalizar, llegamos al atardecer al símbolo de Sofía, su descomunal catedral ortodoxa Alexander Nevski (con ganesh en la foto iniciail), que relucía aún más espectacular con la luz del ocaso. El monumento más fotografiado de Sofía  es una magnífica iglesia (del tamaño de una catedral) neo-bizantina rematada por cúpulas de cobre y oro. Considerada el corazón de la ciudad, fue construida entre 1882 y 1912, en honor de los soldados rusos que murieron cuando el ejército de Rusia ayudó a liberar a Bulgaria del dominio otomano en 1878. Esta construcción mide 72 metros de largo y tiene capacidad para 5.000 personas. A veces ocurre que en los edificios grandes no se tiene mucho espacio para admirarlos o fotografiarlos por fuera porque se han edificado otras construcciones en su proximidad. No era el caso, La catedral estaba en el centro de una gran plaza a la que le sigue una avenida, las cuales llevaban el nombre de Alexander Nevski.

 

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A pocos metros, vimos un parque con esculturas dramáticas en las que se estaba celebrando un pequeño mercadillo de objetos antiguos de la era comunista.

 

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Como os conté al principio del artículo, en Sofía hay parques y zonas verdes como el de Tsar Osvoboditel, en donde mucha gente aprovecha para practicar en las rampas de Skate, grupos de jóvenes se sientan a charlar en la hierba (tampoco exageremos llamándole césped) y si quieres puedes cenar ahí una porción de pizza que venden en la parada de metro más cercana: el ambiete era increíble. Entre los espectadores que mirábamos a los patinadores se encontraba este curioso personaje. ¿Volará su vehículo?

 

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Esa noche cenamos en un restaurante de cocina búlgara que me encantó, el Pri Yafata. Unos minutos antes de entrar al recinto, uno de nosotros se tropezó con un bordillo, así que ya podíamos decir que los siete nos habíamos dado por lo menos un traspiés durante ese día. Y nos es que seamos torpes –que también- sino que el estado de las aceras no es para tirar cohetes y hay que caminar con cuidado. Algo difícil de hacer cuando prefieres mirar a tu alrededor que al suelo que pisas.
Como hacía buen tiempo, la terraza estaba abarrotada de clientes, así que nos metieron en una habitación que parecía la sala de estar de una casa antigua. Ojo al cuadro en blanco y negro de la pared.

 

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Cenamos conejo, kebab (mezcla de carnes), pollo mehanzhuki… El festín salió por unos 15€ por persona, litro de cerveza incluido. Pero nos volvió a ocurrir algo habitual en establecimientos rumanos y búlgaros: la carta era demasiado extensa para neófitos indecisos. A veces está bien pedir consejo a los camareros que te explican en perfecto inglés qué es lo que lleva cada plato. De todos modos la carta estaba en varios idiomas.
De camino al hostal nos dimos cuenta de que sólo seguían abiertas las Klek, unas peculiares tiendas que son típicas de Sofía. Se trata de pequeños comercios en los que se puede encontrar de todo que están ubicados en un sótano y se asoman a la calle por una ventana. Mientras el vendedor te atiende de pie, el cliente tiene que agacharse para hacer su pedido. Los exagerados travestis que deambulaban por Makedonia nos dieron las buenas noches. Pasó un señor que nos dijo que ésta era una mala zona, pero no supimos a qué se refería. Lo único “diferente” que vimos fue a estas señoritas que no tenían aspecto de ser peligrosas.

Tocaba madrugar, que al día siguiente visitaríamos los monasterios de Rila, un lugardel que próximamente os contaré por qué forma parte del Patrimonio de la Humanidad.

 

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